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Durante meses, el debate sobre el gran apagón ibérico se centró en una pregunta: ¿qué falló aquel día? Pero quizá la cuestión realmente importante sea otra: ¿qué dejamos de hacer durante años?
Porque mientras España trataba las renovables principalmente como una fuente de energía barata, otros sistemas empezaban a entender algo diferente: las renovables y la electrónica de potencia podían hacer mucho más. No solo producir megavatios. También ayudar a sostener la red.
Portugal comenzó a aplicar mecanismos avanzados de control de tensión en 2020. España inició el camino regulatorio entonces, pero el nuevo procedimiento P.O. 7.4 no llegó hasta junio de 2025, tras años de discusión y justo después de la crisis eléctrica. (Cinco Días)
Y aquí aparece una pregunta incómoda:
¿Cuánto ha costado realmente llegar tarde?
La respuesta puede ser mucho mayor de lo que parece.
Tras el apagón, Red Eléctrica pasó a operar el sistema en un modo reforzado: más generación síncrona, más ciclos combinados, más colchones de seguridad y una red funcionando de forma mucho más conservadora. El objetivo era claro: garantizar estabilidad y control de tensión. El precio también: unos 711 millones de euros hasta abril de 2026. (Cinco Días)
La paradoja es evidente.
España dispone de una de las mayores penetraciones renovables de Europa. Sin embargo, después de una crisis de estabilidad, la respuesta inmediata fue aumentar el peso de tecnologías convencionales para asegurar el sistema.
Y ahí la reflexión cambia completamente.
Porque el debate ya no es renovables contra estabilidad.
El debate es si la transición energética llegó antes que la evolución operativa de la red.
La CNMC sostiene que no existía vacío normativo y que ya había instrumentos suficientes el día del apagón. (Cinco Días) Pero la propia directora de Energía del regulador ha reconocido que el nuevo esquema de control de tensión será muchísimo más barato que mantener una operación reforzada intensiva en generación convencional. (Cinco Días)
Y eso abre una cuestión difícil de ignorar:
Si una solución posterior resulta más eficiente y más barata, ¿cuánto dinero se habría ahorrado si hubiera llegado antes?
Parece razonable plantear una hipótesis:
un despliegue más temprano de herramientas avanzadas de control, electrónica de potencia y almacenamiento probablemente habría reducido vulnerabilidades y disminuido la necesidad de medidas extraordinarias posteriores.
Y aquí entra el gran elefante en la habitación: los BESS.
Durante años se vendió el almacenamiento como una herramienta para arbitraje energético: cargar barato y descargar caro.
Hoy esa visión ya se queda pequeña.
Los sistemas BESS modernos pueden aportar potencia reactiva, soporte dinámico de tensión, respuesta ultrarrápida, inercia sintética y capacidades Grid Forming capaces de comportarse, en muchos aspectos, como una infraestructura activa de estabilidad.
La pregunta deja entonces de ser:
"¿Cuánta energía produce una batería?"
Y pasa a ser:
"¿Cuánta estabilidad puede evitar comprar el sistema?"
Quizá el coste real del retraso español no fue el apagón.
Quizá fue algo menos visible: haber obligado a una red llena de renovables a funcionar durante años con una arquitectura diseñada para otro mundo.
Porque en el nuevo sistema eléctrico los electrones ya no son suficientes.
La estabilidad también se convierte en un recurso. Y llegar cinco años tarde puede salir extraordinariamente caro.

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