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La transición energética acaba de entrar en una nueva fase. Y no, ya no se trata solo de instalar más paneles solares o más aerogeneradores.
El verdadero cuello de botella empieza a ser otro: qué hacemos con la electricidad cuando no coincide el momento en que se produce con el momento en que se necesita.
Ahí es donde entran las baterías.
BloombergNEF (Energy Storage Market Outlook 1H 2026) acaba de actualizar sus previsiones globales y espera que los sistemas de almacenamiento energético (BESS) alcancen casi 2,9 TW y más de 10,5 TWh acumulados en 2036. Para ponerlo en perspectiva: hablamos de multiplicar varias veces la capacidad actual en apenas una década.
Y esto no es un detalle técnico. Es un cambio estructural del sistema eléctrico.
Durante años, el debate energético giró alrededor de la generación renovable. El objetivo era producir electricidad limpia y barata. Pero la solar y la eólica tienen una característica incómoda: generan cuando quieren los recursos naturales, no cuando quiere la demanda.
El resultado ya empieza a verse en muchos mercados:
exceso de producción solar al mediodía,
precios eléctricos hundidos durante ciertas horas,
y picos de precio cuando desaparece el sol o cae el viento.
Paradójicamente, cuanto más éxito tienen las renovables, más valiosa se vuelve la flexibilidad.
Por eso las baterías están dejando de ser un “complemento” para convertirse en infraestructura crítica.
La señal más interesante quizá no sea el tamaño del mercado, sino la velocidad del cambio. Según los datos citados por BloombergNEF, la relación entre nueva solar y nuevo almacenamiento ha pasado de 56:1 en 2016 a apenas 6:1 en 2025. Y seguirá cayendo.
Eso significa que el sistema eléctrico empieza a asumir algo importante: generar energía ya no basta. Hay que desplazarla en el tiempo.
Hay además un detalle especialmente revelador. Hace apenas unos meses, BloombergNEF proyectaba alrededor de 2 TW y 7,3 TWh acumulados para 2035. Ahora la previsión asciende a casi 2,9 TW y 10,5 TWh en 2036.
Es una revisión extraordinariamente agresiva para tan poco tiempo.
Y eso sugiere que el mercado está descontando tres hipótesis muy concretas:
despliegue masivo de solar a escala global,
arbitraje energético cada vez más rentable,
y una caída acelerada de los costes de los sistemas BESS.
En otras palabras: las baterías empiezan a dejar de ser únicamente una herramienta de estabilidad para convertirse en un activo financiero capaz de capturar valor directamente del mercado eléctrico.
Pero conviene evitar el triunfalismo.
Hay una diferencia enorme entre anunciar gigavatios y resolver realmente la estabilidad de la red. La mayoría de los sistemas BESS actuales siguen siendo de corta duración —habitualmente entre 2 y 4 horas—. Son excelentes para arbitraje energético, control de frecuencia o gestión de picos, pero todavía no sustituyen completamente el respaldo de larga duración que ofrecen otras tecnologías.
Es decir: las baterías están resolviendo una parte fundamental del problema, pero no todo el problema.
También hay una dimensión geopolítica que suele pasar desapercibida. China y Estados Unidos concentran gran parte del despliegue y de la cadena de suministro. Europa avanza, pero sigue dependiendo en gran medida de tecnología, materiales y fabricación asiática. En otras palabras: la transición energética no elimina las dependencias estratégicas; simplemente cambia cuáles son.
Aun así, el movimiento de fondo parece claro.
Las baterías están empezando a ocupar un espacio que históricamente pertenecía a las centrales fósiles de respaldo. Y si esa tendencia se consolida, el impacto no será solo ambiental. Cambiará la economía entera del mercado eléctrico:
cómo se forman los precios,
cómo se remunera la flexibilidad,
y qué tecnologías resultan competitivas.
Durante años pensamos que la revolución energética consistía en producir electricidad limpia.
Ahora empezamos a descubrir que la verdadera revolución quizá sea aprender a almacenarla.
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