7 may 2026

La próxima revolución energética no será generar electricidad, sino almacenarla (BloombergNEF)


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La transición energética acaba de entrar en una nueva fase. Y no, ya no se trata solo de instalar más paneles solares o más aerogeneradores.

El verdadero cuello de botella empieza a ser otro: qué hacemos con la electricidad cuando no coincide el momento en que se produce con el momento en que se necesita.

Ahí es donde entran las baterías.

BloombergNEF (Energy Storage Market Outlook 1H 2026) acaba de actualizar sus previsiones globales y espera que los sistemas de almacenamiento energético (BESS) alcancen casi 2,9 TW y más de 10,5 TWh acumulados en 2036. Para ponerlo en perspectiva: hablamos de multiplicar varias veces la capacidad actual en apenas una década.

Y esto no es un detalle técnico. Es un cambio estructural del sistema eléctrico.

Durante años, el debate energético giró alrededor de la generación renovable. El objetivo era producir electricidad limpia y barata. Pero la solar y la eólica tienen una característica incómoda: generan cuando quieren los recursos naturales, no cuando quiere la demanda.

El resultado ya empieza a verse en muchos mercados:

  • exceso de producción solar al mediodía,

  • precios eléctricos hundidos durante ciertas horas,

  • y picos de precio cuando desaparece el sol o cae el viento.

Paradójicamente, cuanto más éxito tienen las renovables, más valiosa se vuelve la flexibilidad.

Por eso las baterías están dejando de ser un “complemento” para convertirse en infraestructura crítica.

La señal más interesante quizá no sea el tamaño del mercado, sino la velocidad del cambio. Según los datos citados por BloombergNEF, la relación entre nueva solar y nuevo almacenamiento ha pasado de 56:1 en 2016 a apenas 6:1 en 2025. Y seguirá cayendo.

Eso significa que el sistema eléctrico empieza a asumir algo importante: generar energía ya no basta. Hay que desplazarla en el tiempo.

Hay además un detalle especialmente revelador. Hace apenas unos meses, BloombergNEF proyectaba alrededor de 2 TW y 7,3 TWh acumulados para 2035. Ahora la previsión asciende a casi 2,9 TW y 10,5 TWh en 2036.

Es una revisión extraordinariamente agresiva para tan poco tiempo.

Y eso sugiere que el mercado está descontando tres hipótesis muy concretas:

  • despliegue masivo de solar a escala global,

  • arbitraje energético cada vez más rentable,

  • y una caída acelerada de los costes de los sistemas BESS.

En otras palabras: las baterías empiezan a dejar de ser únicamente una herramienta de estabilidad para convertirse en un activo financiero capaz de capturar valor directamente del mercado eléctrico.

Pero conviene evitar el triunfalismo.

Hay una diferencia enorme entre anunciar gigavatios y resolver realmente la estabilidad de la red. La mayoría de los sistemas BESS actuales siguen siendo de corta duración —habitualmente entre 2 y 4 horas—. Son excelentes para arbitraje energético, control de frecuencia o gestión de picos, pero todavía no sustituyen completamente el respaldo de larga duración que ofrecen otras tecnologías.

Es decir: las baterías están resolviendo una parte fundamental del problema, pero no todo el problema.

También hay una dimensión geopolítica que suele pasar desapercibida. China y Estados Unidos concentran gran parte del despliegue y de la cadena de suministro. Europa avanza, pero sigue dependiendo en gran medida de tecnología, materiales y fabricación asiática. En otras palabras: la transición energética no elimina las dependencias estratégicas; simplemente cambia cuáles son.

Aun así, el movimiento de fondo parece claro.

Las baterías están empezando a ocupar un espacio que históricamente pertenecía a las centrales fósiles de respaldo. Y si esa tendencia se consolida, el impacto no será solo ambiental. Cambiará la economía entera del mercado eléctrico:

  • cómo se forman los precios,

  • cómo se remunera la flexibilidad,

  • y qué tecnologías resultan competitivas.

Durante años pensamos que la revolución energética consistía en producir electricidad limpia.

Ahora empezamos a descubrir que la verdadera revolución quizá sea aprender a almacenarla.

La transición energética no se está frenando por falta de generación renovable. Se está frenando por la red.


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Mientras España instala más solar, eólica y nueva demanda eléctrica, una parte importante de la infraestructura necesaria para conectar todo eso sigue acumulando retrasos.

Según un estudio elaborado por PwC para Aelec (Asociación de Empresas de Energía Eléctrica), más de la mitad de las infraestructuras clave previstas presentan demoras, con retrasos medios superiores a 5 años. Y muchas de ellas ya aparecían en planes eléctricos desde 2008.

El dato es importante porque cambia el foco del debate.

Durante años la conversación energética giraba alrededor de:

“Necesitamos más generación”.

Pero el reto empieza a ser otro:

“¿Cómo gestionamos toda esa energía de forma flexible y estable?”

Porque hoy el problema no es solo producir electricidad renovable.
Es poder moverla, almacenarla y utilizarla cuando realmente hace falta.

Y ahí aparece uno de los grandes protagonistas de esta década: los sistemas BESS (Battery Energy Storage Systems).

Los BESS no sustituyen a la red eléctrica, pero sí pueden actuar como una solución puente mientras llegan infraestructuras que tardan años en construirse.

Una línea de alta tensión o una gran subestación pueden necesitar entre 7 y 12 años entre planificación, permisos y ejecución.

Un sistema de almacenamiento puede desplegarse muchísimo más rápido.

¿Y qué permite eso?

Por ejemplo:

  • absorber excedentes solares al mediodía,

  • evitar vertidos renovables,

  • aliviar congestión en ciertos nodos,

  • y devolver energía a la red durante las horas de mayor demanda.

Es decir:
las baterías permiten desplazar energía en el tiempo mientras la red la desplaza en el espacio.

Pero reducir los BESS únicamente al arbitraje energético sería quedarse corto.

Su valor real va mucho más allá.

También aportan:

  • resiliencia y estabilidad de red,

  • respuesta ultrarrápida ante perturbaciones,

  • soporte de frecuencia y tensión,

  • integración renovable,

  • y mayor flexibilidad operativa del sistema.

Y eso empieza a ser crítico en sistemas eléctricos con una penetración renovable cada vez mayor.

Porque cuanto más renovable es una red, más importante se vuelve su capacidad de adaptación.

En realidad, el debate energético está evolucionando muy rápido.

Ya no se trata únicamente de instalar más megavatios.
Se trata de construir un sistema capaz de gestionar variabilidad, congestión y flexibilidad.

Por eso almacenamiento, digitalización y redes inteligentes están pasando al centro de la conversación.

La expansión de red seguirá siendo imprescindible.
Pero probablemente los BESS se conviertan en la tecnología que permita sostener la transición energética mientras esa infraestructura llega.

Y quizá esa sea una de las claves de los próximos años:
la transición energética no dependerá solo de generar energía limpia, sino de gestionar inteligentemente cuándo, dónde y cómo se utiliza.

6 may 2026

EMBER; España empieza a descubrir el límite de la energía solar


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Durante años, la conversación energética en España giró alrededor de una pregunta:

¿seremos capaces de generar suficiente electricidad renovable?

En 2026, esa ya no parece ser la pregunta correcta.

El último informe de EMBER muestra algo que habría parecido improbable hace apenas una década: 

España se ha convertido en uno de los sistemas eléctricos más renovables de Europa. 

La eólica y la solar ya representan una parte estructural del mix eléctrico, mientras el carbón prácticamente desaparece y los fósiles pierden peso de forma acelerada.

Pero el dato más importante del informe no es el crecimiento renovable.

Es el cambio de naturaleza del problema energético.

España está entrando en una nueva fase:

  • el reto ya no es producir electricidad barata;

  • el reto es gestionarla.

Y ahí es donde los sistemas de almacenamiento BESS (Battery Energy Storage Systems) dejan de ser “complementarios” para convertirse en infraestructura crítica.


El éxito renovable está creando un nuevo tipo de tensión

España tiene algunas de las mejores condiciones solares de Europa:

  • irradiación excepcional,

  • costes fotovoltaicos competitivos,

  • fuerte despliegue utility-scale,

  • y una expansión acelerada de capacidad renovable.

El resultado es visible en el mercado eléctrico:

  • más horas con precios muy bajos o negativos,

  • curtailment creciente,

  • sobreoferta solar en determinadas franjas,

  • y volatilidad intradiaria cada vez mayor.

Paradójicamente, esto no refleja un fracaso de la transición energética. Refleja precisamente su éxito.

El sistema está empezando a generar electricidad renovable más rápido de lo que la red puede absorberla y redistribuirla.

Ese matiz es fundamental.

Durante décadas, el paradigma energético consistía en añadir generación. Ahora el cuello de botella se desplaza hacia:

  • flexibilidad,

  • estabilidad,

  • sincronización,

  • capacidad de desplazamiento temporal de energía,

  • y resiliencia operativa.

En otras palabras: el valor ya no está solo en producir MWh. Está en decidir cuándo pueden usarse.


Por qué los BESS cambian completamente la ecuación

Los BESS no son simplemente “baterías grandes”.

Son una nueva capa operativa del sistema eléctrico.

Hasta ahora, la red estaba diseñada alrededor de generación despachable:

  • carbón,

  • ciclos combinados,

  • nuclear,

  • hidráulica.

La solar y la eólica rompen esa lógica porque producen cuando el recurso natural está disponible, no necesariamente cuando el sistema lo necesita.

El almacenamiento introduce una capacidad históricamente escasa en electricidad:

desacoplar generación y consumo en el tiempo.

Eso tiene implicaciones enormes.

Un despliegue masivo de BESS en España podría:

  • absorber excedentes solares al mediodía,

  • reducir vertidos renovables,

  • suavizar la volatilidad de precios,

  • desplazar energía hacia picos de demanda,

  • reducir dependencia de gas para servicios de ajuste,

  • y aumentar estabilidad de frecuencia y red.

La transición energética deja entonces de ser únicamente un problema de generación y pasa a ser un problema de orquestación.


España podría tener una ventaja estructural

Hay una idea interesante que todavía está infravalorada:

España no solo puede ser una potencia renovable; puede convertirse en uno de los primeros laboratorios europeos de redes altamente renovables respaldadas por almacenamiento.

¿Por qué?

Porque combina:

  • enorme potencial solar,

  • creciente electrificación,

  • capacidad renovable ya desplegada,

  • interconexiones todavía insuficientes,

  • y volatilidad de precios que empieza a crear señales económicas favorables para el almacenamiento.

Es decir:
el mercado empieza a necesitar BESS incluso antes de que la regulación esté completamente preparada.

Y eso suele ser la antesala de una expansión acelerada.


Pero hay un riesgo: pensar que instalar renovables es suficiente

Aquí aparece una de las grandes simplificaciones del debate público.

Instalar más GW renovables no garantiza automáticamente:

  • descarbonización eficiente,

  • estabilidad,

  • ni precios bajos sostenibles.

De hecho, sin suficiente almacenamiento y red, puede ocurrir lo contrario:

  • más congestión,

  • más curtailment,

  • más volatilidad,

  • más canibalización de precios,

  • y dependencia persistente del gas como respaldo.

El sistema puede acabar produciendo mucha energía limpia… pero utilizándola de forma ineficiente.

Por eso la próxima década probablemente no estará dominada por la carrera por instalar paneles solares.

Estará dominada por otra carrera menos visible:

quién consigue construir primero infraestructura de flexibilidad.


El verdadero cambio de paradigma

Durante años, el almacenamiento fue tratado como una tecnología de apoyo.

Eso empieza a quedarse obsoleto.

En un sistema eléctrico altamente renovable:

  • la generación renovable aporta energía;

  • el almacenamiento aporta control.

Y los sistemas eléctricos modernos necesitan ambas cosas.

España ya ha demostrado que puede desplegar renovables a gran escala.

La siguiente pregunta estratégica es mucho más compleja:

¿puede convertirse también en líder en integración inteligente de renovables?

Porque la transición energética del futuro no la ganarán necesariamente los países que más electricidad verde produzcan.

Probablemente la ganarán los que mejor sepan gestionarla.

“La crisis energética más grave de la historia”: por qué Europa acelera renovables y BESS


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La Comisión Europea ha lanzado una advertencia poco habitual por su tono y por su significado estratégico.

El comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, afirmó esta semana que el mundo podría enfrentarse a “la crisis energética más grave de la historia”, en un contexto marcado por la tensión geopolítica en Oriente Próximo, el riesgo sobre el estrecho de Ormuz y la creciente volatilidad de los mercados fósiles. (RTVE)

Más allá del impacto mediático de la declaración, el mensaje de Bruselas refleja algo más profundo: Europa empieza a asumir que la dependencia energética no es solo un problema económico o climático, sino una cuestión estructural de seguridad y resiliencia.

Y eso cambia completamente la conversación.

Durante décadas, el sistema energético europeo se diseñó alrededor de combustibles fósiles importados y generación centralizada. El modelo funcionaba mientras el suministro global permanecía relativamente estable. Pero las crisis recientes —desde Ucrania hasta Oriente Próximo— han dejado claro que la energía también es geopolítica.

Según la Comisión, los Estados miembros ya han tenido que asumir más de 30.000 millones de euros adicionales en costes energéticos sin recibir un aumento equivalente de suministro. (LaSexta)

La conclusión de Bruselas es cada vez más explícita:

acelerar electrificación, renovables e integración energética ya no es solo una política climática; es una estrategia de autonomía europea.

Pero aquí aparece una realidad técnica importante.

La transición energética no consiste únicamente en instalar más solar o más eólica.

El verdadero desafío ahora es otro:

  • cómo gestionar volatilidad,

  • cómo estabilizar redes con alta penetración renovable,

  • cómo evitar curtailment,

  • cómo operar sistemas eléctricos cada vez más dinámicos y descentralizados.

Y ahí es donde los BESS (Battery Energy Storage Systems) pasan de ser tecnología complementaria a convertirse en infraestructura crítica.

Porque el cuello de botella europeo ya no es únicamente generar energía limpia.
Es gestionarla inteligentemente.

Cada vez más mercados europeos experimentan:

  • precios negativos,

  • congestión de red,

  • rampas extremas,

  • desequilibrios intradiarios,

  • y necesidades crecientes de flexibilidad operativa. (El País)

Los BESS permiten precisamente resolver esa nueva capa del problema energético:

  • frequency response,

  • peak shaving,

  • arbitraje energético,

  • soporte de tensión,

  • integración renovable,

  • y resiliencia de red.

La narrativa energética europea está entrando en una nueva fase.

La cuestión ya no es si las renovables pueden crecer.
La cuestión es si las redes eléctricas pueden evolucionar al mismo ritmo.

Y probablemente la respuesta dependerá más del almacenamiento y la digitalización que de la capacidad renovable instalada por sí sola.

España es un ejemplo especialmente relevante.

Tras años liderando el despliegue renovable, el país está acelerando ahora inversiones en almacenamiento, redes e interconexiones. El propio Dan Jørgensen ha insistido en que Europa necesita más interconexión y una red mucho más integrada para reducir vulnerabilidades y costes energéticos. (El País)

Porque una red eléctrica dominada por renovables no puede funcionar con lógica del siglo XX.

Necesita:

  • flexibilidad,

  • inteligencia distribuida,

  • electrónica de potencia avanzada,

  • almacenamiento masivo,

  • y capacidad de respuesta en tiempo real.

En ese contexto, los BESS ya no representan únicamente una oportunidad de mercado.

Representan una pieza esencial de soberanía energética europea.

La transición energética no elimina todos los riesgos geopolíticos.
Pero sí reduce uno de los más peligrosos: depender estructuralmente de combustibles importados cuyo precio y suministro Europa no controla.

Y esa idea —más que cualquier objetivo climático— es probablemente la que está redefiniendo hoy la estrategia energética de Bruselas. (El País)


5 may 2026

Europa no tiene un problema de generación renovable. Tiene un problema de tiempo.

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Durante años, el debate energético se ha centrado en cuánto somos capaces de producir: más solar, más eólica, más capacidad instalada. Pero el verdadero desafío no está ahí. Está en algo mucho más incómodo: la energía no siempre aparece cuando la necesitamos.

El último informe de SolarPower Europe lo plantea de forma indirecta, pero contundente. A medida que aumentamos la penetración de renovables, el sistema empieza a tensarse. Hay momentos de exceso —cuando el sol brilla o el viento sopla con fuerza— y momentos de escasez. Esa asimetría es el nuevo problema estructural del sistema energético europeo.

Y ahí es donde el almacenamiento en baterías deja de ser una tecnología complementaria para convertirse en una pieza central.

El BESS no produce energía. Hace algo más importante: la ordena. Permite desplazar electricidad en el tiempo, absorber excedentes, cubrir picos de demanda y, sobre todo, estabilizar un sistema cada vez más volátil.

Los números del informe son claros. En un escenario con mayor despliegue de solar y baterías (Solar+), los costes operativos del sistema eléctrico europeo podrían reducirse a la mitad para 2030. Los precios mayoristas caerían de forma significativa y, lo que es más relevante, lo harían sin aumentar la volatilidad. En un contexto donde la dependencia del gas sigue marcando los precios, esto no es un detalle técnico: es una cuestión estratégica.

La UE ahorraría 55.000 millones al año con más renovables y baterías

Pero hay una capa aún más interesante.

El propio éxito de la solar está empezando a generar un problema económico. Cuando todos los paneles producen a la vez, los precios caen justo en esas horas. Es lo que se conoce como “price cannibalisation”: la tecnología más barata del sistema reduce su propio valor.

Sin almacenamiento, este efecto pone en riesgo la rentabilidad de nuevos proyectos. Con baterías, el modelo cambia por completo. La energía ya no se vende cuando se produce, sino cuando más valor tiene. El informe muestra que esta combinación puede aumentar de forma muy significativa los ingresos de los proyectos solares y estabilizar su viabilidad a largo plazo.

Esto cambia la narrativa.

La transición energética ya no consiste solo en añadir más megavatios renovables. Consiste en construir un sistema flexible, capaz de adaptarse a una generación variable. Y esa flexibilidad no es opcional.

Sin almacenamiento, el sistema se vuelve ineficiente, más caro y más dependiente de tecnologías fósiles para equilibrarse. Con almacenamiento, empieza a parecerse a lo que llevamos años prometiendo: un sistema más limpio, más barato y más autónomo.

La pregunta ya no es si necesitamos baterías.

La pregunta es si estamos desplegándolas a la velocidad que exige el sistema.

4 may 2026

BESS: el eslabón que define si la transición energética en Iberia funciona o se queda a medias

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Durante la última década, la transición energética en España y Portugal se ha contado como una historia de éxito. Récords de generación renovable, liderazgo en solar, precios eléctricos cada vez más competitivos. Sobre el papel, todo encaja.

Pero esa historia tiene un punto débil que empieza a hacerse evidente: producir energía limpia no es lo mismo que saber gestionarla.

El sistema eléctrico ibérico está entrando en una fase distinta. Ya no se trata de cuánto podemos instalar, sino de cómo operamos un sistema con una penetración renovable muy elevada. Y en ese cambio de fase, el almacenamiento —en particular los Battery Energy Storage Systems (BESS)— deja de ser un complemento técnico para convertirse en una pieza estructural.

Los BESS resuelven un problema muy concreto, pero fundamental: desacoplan en el tiempo la generación y la demanda. Permiten almacenar excedentes cuando la producción solar es alta y liberarlos cuando el sistema lo necesita. Pero su papel va mucho más allá de ese arbitraje básico. Aportan estabilidad de frecuencia, control de voltaje y capacidad de respuesta rápida en un sistema que pierde inercia a medida que se retiran tecnologías convencionales.

Dicho de otra forma: ayudan a que un sistema con muchas renovables siga siendo operable.

Este cambio es más profundo de lo que parece. Durante años, la pregunta dominante era cuánta renovable podíamos instalar. Hoy la pregunta relevante es cuánta energía podemos gestionar de forma fiable. Y sin almacenamiento, la respuesta es limitada.

Sin embargo, el despliegue de BESS en Iberia está muy por debajo de lo que exigiría ese nuevo contexto. No por falta de tecnología, sino por una combinación de factores que tienen más que ver con economía y regulación que con ingeniería.

El primero es el modelo de ingresos. Hoy, un proyecto de baterías depende en gran medida del arbitraje en el mercado eléctrico y de servicios auxiliares todavía poco desarrollados. Eso implica ingresos volátiles, difícilmente financiables a largo plazo. El problema no es que las baterías no aporten valor al sistema; es que ese valor no está completamente capturado en el mercado.

El segundo es la red. España y Portugal han avanzado mucho en generación, pero la infraestructura de evacuación y transporte sigue siendo un cuello de botella. En muchos casos, el acceso a red es el factor limitante, no la viabilidad técnica o económica del proyecto. Esto afecta directamente al almacenamiento, especialmente cuando se plantea como solución para gestionar excedentes renovables.

El tercer elemento es regulatorio. Los procesos de autorización siguen siendo largos, complejos y poco homogéneos. Además, el marco normativo para el almacenamiento está en evolución, lo que introduce incertidumbre adicional en proyectos que ya de por sí requieren inversiones significativas.

A esto se suma una cuestión más estructural: la dependencia de cadenas de suministro globales y la falta de una base industrial local consolidada en tecnologías de almacenamiento. No es un problema exclusivo de Iberia, pero sí condiciona la velocidad y el coste del despliegue.

Y, por último, conviene no idealizar la tecnología. Los BESS actuales, en su mayoría, ofrecen duraciones de entre dos y cuatro horas. Son extraordinariamente útiles para gestionar variaciones intradía, pero no resuelven por sí solos eventos de baja generación prolongada. Forman parte de la solución, pero no la agotan.

A pesar de todo esto, el potencial es difícil de ignorar. El almacenamiento permite convertir excedentes en valor económico, reduce el curtailment, mejora la rentabilidad de los activos renovables y abre la puerta a una electrificación más estable de la industria. Además, introduce nuevas capas de mercado en torno a la flexibilidad, que van a ser cada vez más relevantes en sistemas eléctricos complejos.

La cuestión clave es que este despliegue no va a producirse de forma automática. Existe una suposición implícita —muy extendida— de que el mercado acabará instalando el almacenamiento necesario porque es eficiente hacerlo. La experiencia internacional sugiere que esto no ocurre sin un diseño de mercado adecuado.

Si se quiere acelerar el desarrollo de BESS en Iberia, hay varios vectores claros de actuación. El primero es la creación de mecanismos que remuneren la capacidad y la disponibilidad, no solo la energía entregada. Sin ingresos más estables y predecibles, la financiación a gran escala seguirá siendo limitada.

El segundo es el desarrollo real de mercados de servicios de red que valoren adecuadamente la flexibilidad y la respuesta rápida. Hoy esos servicios están infraremunerados en comparación con el valor que aportan al sistema.

El tercero es la integración del almacenamiento en la planificación de red, priorizando su acceso y facilitando modelos híbridos con generación renovable. Tratar el BESS como un añadido opcional ya no es coherente con el estado del sistema.

El cuarto tiene que ver con la reducción del riesgo: instrumentos como contratos por diferencia, garantías públicas o esquemas de apoyo pueden jugar un papel clave en esta fase inicial de despliegue.

Y, finalmente, hace falta una visión coordinada. Generación, almacenamiento y red no pueden seguir evolucionando en paralelo sin una planificación conjunta. El sistema ya es demasiado complejo para eso.

Iberia tiene una ventaja real en recursos renovables. Pero esa ventaja, por sí sola, no garantiza un liderazgo energético o industrial. Todo depende de si es capaz de construir un sistema que no solo produzca energía limpia, sino que la gestione de forma eficiente, estable y predecible.

En ese escenario, los BESS no son el futuro. Son la condición necesaria para que el presente funcione.

La vuelta del capital a las energías renovables no es casualidad —es estructural.

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Los últimos datos del mercado muestran entradas superiores a 3.000 millones de dólares en ETF globales del sector en un solo mes, el mayor flujo desde 2021. A primera vista, podría parecer otro ciclo más de entusiasmo verde. Pero esta vez hay un matiz clave: el detonante no es solo climático, sino geopolítico y energético.

España y Portugal cierran el mejor trimestre de todos los tiempos en inversiones

La Península Ibérica consolida su posición como uno de los mercados más dinámicos de Europa en tecnologías limpias (redes, almacenamiento...) tras registrar en apenas 90 días (primer trimestre de 2026) hasta 435 millones de euros de "inversión cleantech" repartidos en 14 operaciones. Se trata del mayor volumen trimestral de inversión de su historia. El dato aparece recogido en un informe que ha hecho público hoy Cleantech for Iberia (iniciativa de Bill Gates que evalúa periódicamente la inversión en la península). Según Cleantech, la combinación de recursos públicos, inversión privada creciente, abundancia renovable y mejora del marco regulatorio "sitúan a España y Portugal en una posición competitiva para atraer industria, capital y capacidad tecnológica".

La tensión en los mercados de hidrocarburos y la volatilidad del gas y el petróleo han reconfigurado las prioridades. La seguridad energética ha pasado de ser un concepto político a una variable financiera tangible. Y en ese nuevo tablero, las renovables han recuperado protagonismo.

Sin embargo, hay un elemento crítico que explica por qué este movimiento es diferente a ciclos anteriores: el almacenamiento energético.

Aquí es donde entran los BESS (Battery Energy Storage Systems).

Durante años, el principal argumento en contra de las renovables ha sido su intermitencia. Generan cuando pueden, no cuando se necesita. Este desajuste limitaba su escalabilidad real dentro del sistema eléctrico. Hoy, los BESS están cambiando esa ecuación.

Los sistemas de almacenamiento permiten:
– Capturar excedentes de generación renovable
– Desplazar energía a horas de mayor demanda
– Proveer servicios de estabilidad a la red (frecuencia, respaldo)

En otras palabras, transforman energía variable en energía gestionable.

El comportamiento reciente de compañías como Ørsted, Nordex, Acciona o Siemens Energy —con subidas significativas en lo que va de año— refleja no solo expectativas sobre generación, sino sobre integración tecnológica del sistema.

Ahora bien, conviene evitar una lectura simplista.

Los BESS no son una solución mágica:
– Siguen siendo intensivos en capital
– Dependen de cadenas de suministro críticas (litio, cobalto)
– Su rentabilidad depende de mercados eléctricos aún en evolución

Pero ignorarlos sería un error mayor.

Lo relevante no es si las renovables están “de vuelta”, sino que el sistema energético está entrando en una nueva fase: la de la optimización y gestión inteligente de la energía.

Y en ese contexto, los BESS dejan de ser un complemento para convertirse en una infraestructura estratégica.

La pregunta ya no es si el almacenamiento será necesario, sino quién capturará el valor en esta capa del sistema.