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Las recientes declaraciones del comisario climático europeo, Wopke Hoekstra, reconociendo que Europa debería haber sido “más radical” tras las anteriores crisis energéticas reflejan un cambio importante en Bruselas: la energía ya no se ve solo como una cuestión climática, sino como un asunto estratégico.
Y eso cambia las prioridades.
Europa ha entendido que no basta con instalar más renovables. Un sistema eléctrico con alta penetración solar y eólica necesita flexibilidad, estabilidad y capacidad de respuesta.
Ahí es donde los sistemas BESS (Battery Energy Storage Systems) pasan de ser una tecnología emergente a convertirse en infraestructura crítica.
Los BESS permiten:
absorber excedentes solares,
reducir vertidos renovables,
estabilizar la red,
aportar servicios auxiliares,
desplazar energía a horas de alta demanda,
y reducir dependencia del gas.
En otras palabras: convierten generación intermitente en energía gestionable.
España tiene una oportunidad enorme. Cuenta con uno de los mejores recursos solares de Europa, pero precisamente por eso necesitará grandes volúmenes de almacenamiento para evitar congestiones, precios negativos y limitaciones de red.
Y ahí los BESS empiezan a convertirse en una de las piezas más valiosas del sistema energético europeo.
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