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Mientras España instala más solar, eólica y nueva demanda eléctrica, una parte importante de la infraestructura necesaria para conectar todo eso sigue acumulando retrasos.
Según un estudio elaborado por PwC para Aelec (Asociación de Empresas de Energía Eléctrica), más de la mitad de las infraestructuras clave previstas presentan demoras, con retrasos medios superiores a 5 años. Y muchas de ellas ya aparecían en planes eléctricos desde 2008.
El dato es importante porque cambia el foco del debate.
Durante años la conversación energética giraba alrededor de:
“Necesitamos más generación”.
Pero el reto empieza a ser otro:
“¿Cómo gestionamos toda esa energía de forma flexible y estable?”
Y ahí aparece uno de los grandes protagonistas de esta década: los sistemas BESS (Battery Energy Storage Systems).
Los BESS no sustituyen a la red eléctrica, pero sí pueden actuar como una solución puente mientras llegan infraestructuras que tardan años en construirse.
Una línea de alta tensión o una gran subestación pueden necesitar entre 7 y 12 años entre planificación, permisos y ejecución.
Un sistema de almacenamiento puede desplegarse muchísimo más rápido.
¿Y qué permite eso?
Por ejemplo:
absorber excedentes solares al mediodía,
evitar vertidos renovables,
aliviar congestión en ciertos nodos,
y devolver energía a la red durante las horas de mayor demanda.
Pero reducir los BESS únicamente al arbitraje energético sería quedarse corto.
Su valor real va mucho más allá.
También aportan:
resiliencia y estabilidad de red,
respuesta ultrarrápida ante perturbaciones,
soporte de frecuencia y tensión,
integración renovable,
y mayor flexibilidad operativa del sistema.
Y eso empieza a ser crítico en sistemas eléctricos con una penetración renovable cada vez mayor.
Porque cuanto más renovable es una red, más importante se vuelve su capacidad de adaptación.
En realidad, el debate energético está evolucionando muy rápido.
Por eso almacenamiento, digitalización y redes inteligentes están pasando al centro de la conversación.
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