Europa está terminando agosto con una señal energética que conviene mirar con atención.
Los almacenamientos de gas de la Unión Europea se encuentran en torno al 63% de llenado, claramente por debajo de los niveles habituales para esta época del año. Alemania está poco por encima del 50% y Países Bajos en torno al 44–45%. España, en cambio, se encontraba alrededor del 73% en los últimos datos disponibles de Gas Infrastructure Europe. (The Guardian)
El contraste con años recientes es notable. En agosto de 2024, la UE había alcanzado ya el 90% de llenado antes incluso de terminar el mes. Ahora llega al final del verano con aproximadamente treinta puntos porcentuales menos. (Energy)
Eso no significa que Europa vaya a quedarse sin gas este invierno.
Pero sí significa algo económicamente importante:
el margen de seguridad es menor y el sistema energético europeo vuelve a estar más expuesto al precio internacional del gas y del LNG.
Y ahí aparece una conexión con el almacenamiento eléctrico BESS que merece analizarse con cuidado.
No porque una batería pueda sustituir las reservas estacionales de gas. No puede.
Sino porque cada MWh renovable que conseguimos desplazar hacia las horas en las que normalmente necesitamos generación a gas reduce parcialmente nuestra exposición a ese combustible.
España quiere convertirse en uno de los grandes hubs europeos de data centers.
Pero al mismo tiempo aparece una contradicción cada vez más evidente:
hay energía renovable, pero la capacidad de red disponible empieza a convertirse en el verdadero recurso escaso.
El nuevo proyecto de Real Decreto sobre centros de datos intenta responder a ese problema imponiendo algunos de los requisitos energéticos más exigentes planteados hasta ahora en Europa.
La intención es comprensible.
Pero quizá exista una forma más eficiente de conseguir el mismo objetivo.
No preguntando únicamente:
Sino también:
¿cuánta potencia necesita realmente de la red cuando el sistema está tensionado?
El nuevo proyecto de Real Decreto no obliga a instalar baterías. Pero puede estar creando algo mucho más eficaz: una regulación que haga que instalarlas tenga cada vez más sentido económico.
España tiene dos problemas que hasta ahora se han tratado casi por separado.
Por un lado, cada vez tenemos más generación renovable y aparecen horas en las que resulta difícil aprovechar toda la electricidad disponible.
Por otro, llegan nuevos grandes consumidores —especialmente centros de datos— que necesitan decenas o incluso cientos de megavatios de capacidad de red.
El Gobierno parece querer conectar ambos problemas.
Y si lo hace correctamente, el almacenamiento puede convertirse en la pieza que los una.
Un centro de datos ya no podrá comportarse simplemente como una carga plana
Europa quería frenar la entrada del automóvil chino. El resultado puede ser bastante diferente: en lugar de dejar de venir, los fabricantes chinos están empezando a instalarse dentro de Europa. Y España está emergiendo como uno de sus principales puntos de entrada industrial.
Durante años, la amenaza para la industria europea del automóvil parecía sencilla de explicar: coches eléctricos fabricados en China, producidos a costes difíciles de igualar y exportados masivamente hacia Europa.
La decisión de prolongar la operación de la central nuclear de Almaraz hasta 2030 puede parecer, a primera vista, una mala noticia para el almacenamiento.
Más generación nuclear significa más electricidad disponible, menos necesidad de generación térmica y, aparentemente, menos espacio para las baterías.
Pero el sistema eléctrico no funciona así.
De hecho, puede ocurrir exactamente lo contrario.
Mantener Almaraz reduce la necesidad de quemar gas, pero aumenta la presión sobre las renovables durante determinadas horas y refuerza la necesidad de disponer de almacenamiento capaz de desplazar energía desde las horas de exceso hacia las horas en las que realmente tiene valor.
Y eso convierte al BESS en una pieza todavía más importante del sistema eléctrico español.
Hay países que están ampliando su mercado de almacenamiento.
Y luego está Portugal.
A finales de 2025 tenía apenas 20 MW de baterías instaladas.
Ahora quiere llegar a:
3.000 MW en 2030.
No es un crecimiento incremental.
Es multiplicar por 150 la potencia instalada en apenas unos años.
Y detrás de esa cifra hay una historia bastante más interesante que otro gran anuncio de baterías.
Porque Portugal está empezando a descubrir algo que probablemente veremos repetirse por toda Europa:
instalar renovables es relativamente sencillo. Crear un sistema eléctrico capaz de absorberlas, desplazarlas y utilizarlas cuando realmente hacen falta es bastante más complicado.
El próximo cuello de botella de la inteligencia artificial puede no estar dentro del servidor. Puede estar antes del contador: conseguir suficientes megavatios, suficientemente rápido.
Durante los últimos años hemos hablado de la inteligencia artificial como una revolución de GPUs, modelos y software.
Eso empieza a quedarse corto.
La construcción de infraestructura para IA está trasladando la inversión desde el chip hacia todo aquello que permite que ese chip funcione: data centers, generación eléctrica, redes, transformadores, electrónica de potencia, refrigeración y almacenamiento energético.
Anis Lahlou, CIO European Equities de Aperture Investors, lo resume desde otra perspectiva: los data centers ya están funcionando como un estímulo para la economía industrial y la cadena de valor de la IA se está ampliando en Europa hacia semiconductores de potencia, microcontroladores, fotónica, electrificación e infraestructura eléctrica.
Y las cifras empiezan a explicar por qué.
De los chips a los billones de inversión
McKinsey estima que la expansión mundial de los data centers podría movilizar alrededor de 7 billones de dólares hasta 2030. No hablamos únicamente de servidores: detrás aparecen transformadores, switchgear, UPS, sistemas de refrigeración, generación y toda la infraestructura eléctrica necesaria para mantener funcionando cargas cada vez mayores y más dinámicas.
Generali/Aperture utiliza precisamente estas estimaciones para defender que estamos ante uno de los mayores ciclos privados de inversión en infraestructura de la historia reciente. Su escenario recoge aproximadamente 5,2 billones de dólares en el caso base y hasta 7,9 billones en un escenario acelerado para el periodo 2025-2030. Son estimaciones globales, no exclusivamente europeas, una distinción importante que algunos titulares pueden hacer pasar inadvertida.
Pero quizá el dato más relevante no esté en dólares.
Está en MW.
La IA se está convirtiendo en un problema eléctrico
La Agencia Internacional de la Energía confirmó en abril de 2026 que el consumo eléctrico de los data centers aumentó un 17% durante 2025, muy por encima del crecimiento del consumo eléctrico mundial, situado alrededor del 3%. La IEA espera además que el consumo de los data centers vuelva aproximadamente a duplicarse hasta 2030 y que el asociado específicamente a instalaciones orientadas a IA pueda triplicarse.
Y empiezan a aparecer los límites físicos.
La propia IEA identifica retrasos en conexiones a red, transformadores, turbinas de gas, componentes eléctricos y procesos regulatorios como obstáculos para desplegar nuevos data centers.
McKinsey llega a una conclusión similar desde el lado industrial: la potencia y determinados equipos críticos se están convirtiendo en elementos que marcan el ritmo de construcción del data center. En Norteamérica, los plazos de suministro analizados por la consultora llegan a alcanzar alrededor de 80 semanas para determinados equipos de media tensión y 50 semanas para transformadores.
Es un cambio importante.
Durante años la pregunta fue:
¿Cuánto compute podemos instalar?
Cada vez más, la pregunta será:
¿Cuánto compute podemos alimentar?
Y aquí entra el BESS
Aquí conviene separar dato de interpretación.
Generali no dice que los BESS sean la solución central de este ciclo.
Pero la IEA sí va bastante más lejos: señala que las cargas de los AI data centers pueden experimentar variaciones rápidas y de gran magnitud y afirma que el almacenamiento mediante baterías onsite se está convirtiendo en una tecnología crítica para la próxima generación de centros de datos.
La razón es sencilla.
Un BESS ya no tiene por qué justificarse exclusivamente mediante arbitraje energético.
Puede actuar sobre algo potencialmente mucho más valioso:
la capacidad eléctrica disponible.
En un data center puede utilizarse para:
absorber picos de potencia;
reducir la potencia máxima solicitada a la red;
acompañar conexiones flexibles;
estabilizar generación onsite;
integrar generación renovable;
proporcionar respaldo rápido ante perturbaciones;
suavizar las oscilaciones de cargas de IA;
y participar, cuando regulación y arquitectura lo permiten, en servicios al sistema.
McKinsey destaca precisamente que las arquitecturas eléctricas para IA deben diseñarse para variaciones dinámicas de potencia y no únicamente para cargas medias, aumentando la necesidad de buffering, redundancia y controles rápidos.
El verdadero ROI puede llamarse Time-to-Power
Aquí está probablemente la parte económicamente más interesante.
Supongamos que existe terreno, financiación, racks y demanda de capacidad informática, pero la red solo puede entregar inicialmente una parte de la potencia solicitada.
Esperar varios años a una ampliación de red tiene un coste.
Si una combinación de generación, BESS, gestión de carga y conexión flexible permite poner parte de esa capacidad informática en operación antes, el valor del almacenamiento deja de medirse exclusivamente en €/MWh.
Empieza a medirse también en:
meses de operación adelantados.
Eso es Time-to-Power.
Y puede cambiar completamente la economía de un BESS.
McKinsey observa que los data centers se construyen en ocasiones más rápido que las ampliaciones de red, lo que está impulsando soluciones alternativas como generación onsite, microgrids y nuevos modelos de suministro energético. También anticipa data centers que actúan progresivamente como prosumers, participando de forma más activa en la gestión del sistema eléctrico.
Pero un BESS no fabrica megavatios
Este matiz es fundamental.
Instalar baterías no crea mágicamente energía ni elimina una restricción permanente de red.
Si un data center necesita 100 MW constantes y la red solo puede suministrar 50 MW permanentemente, una batería acabará descargándose.
El valor aparece cuando el problema es diferente: picos, restricciones temporales, rampas, congestión en determinadas horas, capacidad flexible, transición entre fuentes de generación o necesidad de mantener una determinada potencia contractual.
Ahí un BESS puede convertir una infraestructura eléctrica rígida en una infraestructura gestionable.
Y esa diferencia será cada vez más importante.
De almacenar energía a habilitar compute
Para fabricantes e integradores de almacenamiento como SolaX Power, este cambio abre un mercado bastante más amplio que el BESS convencional.
La conversación con un cliente de data center ya no debería empezar únicamente por:
“¿Cuánto podemos ahorrar comprando electricidad barata y vendiéndola cara?”
Puede empezar por una cuestión mucho más estratégica:
“¿Qué está impidiendo que conecte más capacidad informática hoy?”
Si la respuesta es potencia máxima, rampas, resiliencia, restricciones horarias o acceso flexible, el BESS puede formar parte de la solución.
No significa que las baterías sustituyan a redes, generación o transformadores.
Significa que pueden convertirse en la capa de flexibilidad que permite utilizar mejor todos ellos.
Y ese cambio conceptual es enorme.
La IA comenzó siendo una carrera por los chips.
Después se convirtió en una carrera por los data centers.
Ahora está empezando una tercera carrera:
conseguir los megavatios.
Y probablemente una parte importante del próximo ciclo del almacenamiento energético se juegue precisamente ahí.