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En los últimos años se ha consolidado una idea que rara vez se cuestiona en el sector energético: el almacenamiento es la pieza imprescindible para completar la transición renovable. Y, en términos técnicos, es difícil discutirlo. A medida que aumenta la penetración de generación renovable, también lo hacen la volatilidad de precios, los vertidos y la necesidad de flexibilidad en el sistema. El almacenamiento aparece entonces como la solución natural a un problema que es, en esencia, físico.
Sin embargo, hay una diferencia importante entre que algo sea necesario desde el punto de vista del sistema y que sea viable desde el punto de vista financiero. Y es precisamente en ese espacio donde empieza a aparecer una tensión que el discurso dominante tiende a simplificar en exceso.
Durante años, el análisis del almacenamiento se ha centrado en su capacidad para capturar valor a través del arbitraje de precios y la participación en mercados de servicios de red. Pero ese enfoque parte de un supuesto que merece ser cuestionado: que esos ingresos pueden anticiparse con suficiente fiabilidad como para sostener decisiones de inversión a largo plazo. En un sistema que se está volviendo estructuralmente más incierto, esa premisa resulta, como mínimo, discutible.
Más renovables no solo implican más oportunidades de arbitraje, sino también una mayor dificultad para prever la forma, la duración y la estabilidad de esos ingresos en el tiempo. La consecuencia es una paradoja que empieza a ser evidente: cuanto más central es el almacenamiento para el funcionamiento del sistema, más complejo resulta justificar su bancabilidad bajo esquemas tradicionales de financiación.
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El caso español ilustra bien esta dinámica. Aunque el sistema cuenta con más de 3,4 GW de capacidad de almacenamiento, la práctica totalidad corresponde a bombeo hidráulico, mientras que las baterías siguen representando una fracción muy reducida. Al mismo tiempo, el pipeline de proyectos BESS ha crecido de forma acelerada hasta superar los 7,5 GW, con tasas de crecimiento interanual que reflejan un claro interés del mercado. Sin embargo, la distancia entre los proyectos anunciados y aquellos que alcanzan cierre financiero sigue siendo significativa, lo que sugiere que el problema no es tanto de ambición como de viabilidad económica.
En este contexto, resulta especialmente revelador que una parte importante de los nuevos desarrollos se plantee en hibridación con activos renovables. Más allá de las ventajas operativas, esta configuración introduce un elemento de estabilidad en los flujos de ingresos que el almacenamiento, de forma aislada, todavía no puede garantizar de manera consistente. Lejos de ser una elección puramente técnica, responde a la necesidad de adaptar el modelo a las exigencias de la financiación.
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De forma paralela, empiezan a observarse cambios en la forma en que el capital se posiciona frente a este tipo de activos. Cuando determinadas entidades financieras priorizan el almacenamiento junto a soluciones vinculadas a redes locales, gestión de la demanda o modelos descentralizados, lo que están señalando no es únicamente una preferencia tecnológica, sino una valoración implícita sobre qué configuraciones consideran más financiables en el contexto actual.
Este desplazamiento es relevante porque modifica el eje sobre el que se construye el valor. Frente a modelos que dependen en gran medida de la predicción de precios futuros, empiezan a ganar peso aquellos que se apoyan en la gestión directa de la energía, como el autoconsumo, la optimización de tarifas, la flexibilidad local o el almacenamiento distribuido. En estos casos, los ingresos no desaparecen ni dejan de estar sujetos a incertidumbre, pero tienden a ser más inmediatos, más visibles y, en consecuencia, más fáciles de integrar en estructuras financieras.
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Todo esto no implica que el almacenamiento a gran escala carezca de sentido ni que los modelos actuales estén condenados al fracaso. Lo que sugiere, más bien, es que estamos intentando aplicar una misma lógica de financiación a activos cuya naturaleza de riesgo es diferente, en un entorno que exige cada vez mayor rigor en la demostración de ingresos futuros.
Tal vez el error haya sido plantear el desafío del almacenamiento como un problema fundamentalmente tecnológico, cuando en realidad se trata, en gran medida, de un problema financiero. La tecnología ya está disponible. Lo que sigue sin resolverse del todo es cómo convertirla en una propuesta de valor que resista el escrutinio de un sistema cada vez más incierto.
Si la transición energética encuentra un punto de fricción en los próximos años, es probable que no esté en la capacidad de generar o almacenar energía, sino en la dificultad de traducir esas capacidades en activos verdaderamente financiables.
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