McKinsey identifica un cambio profundo en el modelo energético europeo: electrificación, renovables, IA y restricciones de red están desplazando el valor desde la simple propiedad de generación hacia el control de los flujos energéticos. Para el almacenamiento, la consecuencia puede ser enorme. El BESS deja de ser únicamente un activo que almacena MWh y empieza a convertirse en uno de los instrumentos más valiosos para decidir cuándo, dónde y cómo circula la electricidad.
Durante más de un siglo, el tamaño de una compañía eléctrica podía medirse de una forma relativamente sencilla.
¿Cuántas centrales tienes?
¿Cuántos GW produces?
¿Cuántos kilómetros de red controlas?
¿Cuántos clientes suministras?
Más activos = más valor.
Pero el sistema eléctrico europeo está cambiando tan rápidamente que esa ecuación empieza a quedarse corta.
McKinsey acaba de publicar un informe sobre el futuro de las utilities europeas con una conclusión especialmente interesante:
el liderazgo futuro dependerá menos de la cantidad de activos físicos que una compañía posea y más de su capacidad para controlar recursos cada vez más escasos.
Entre ellos:
acceso a red, capacidad firme, interfaz digital y flexibilidad.
Y probablemente esa última palabra sea una de las claves del próximo ciclo energético europeo.