27 may 2026

La carrera de la IA ya no se gana con más suelo: Europa descubre el valor estratégico del brownfield


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Durante años, el desarrollo de centros de datos siguió una fórmula relativamente sencilla: encontrar suelo, asegurar conectividad, construir capacidad y crecer. Cuanto mayor era el campus, mejor parecía la respuesta. La expansión de la nube y el crecimiento digital convirtieron el greenfield —partir de una parcela vacía y construir desde cero— en el modelo dominante.

Pero la irrupción de la Inteligencia Artificial está cambiando las reglas.

La pregunta ya no es únicamente dónde construir.

La pregunta empieza a ser otra:

¿Dónde puedo conseguir potencia… y cuándo?

Porque el principal cuello de botella ya no es el hormigón. Ni siquiera el terreno. Cada vez más, el reto es el acceso a energía, los tiempos de conexión y la velocidad de despliegue.

Los grandes hubs europeos comienzan a mostrar señales de tensión. Frankfurt, Ámsterdam o Dublín están viendo crecer las limitaciones de capacidad, las colas de conexión y los plazos para nuevas infraestructuras eléctricas. No porque Europa se haya quedado sin energía, sino porque transportar esa energía, conectarla y entregarla al ritmo que exige la IA se está convirtiendo en un desafío cada vez más complejo.

Subestaciones saturadas.

Infraestructura eléctrica tensionada.

Equipamiento con largos plazos de suministro.

Refuerzos de red que requieren años.

Mientras tanto, la IA acelera.

Más densidad por rack.

Más refrigeración.

Más potencia.

Más urgencia.

Y aquí surge una pregunta que hace pocos años apenas estaba sobre la mesa:

¿Y si el futuro no pasa siempre por empezar desde cero?

El brownfield no es un atajo. Es una estrategia

Europa está llena de activos industriales infrautilizados: antiguas fábricas, instalaciones logísticas, emplazamientos industriales o entornos energéticos existentes.

Tradicionalmente estos espacios se analizaban desde una perspectiva inmobiliaria o urbanística.

Hoy empiezan a verse como una oportunidad estratégica para infraestructura digital.

La primera ventaja parece evidente:

velocidad.

Infraestructura existente.

Entornos energéticos ya desarrollados.

Capacidad eléctrica cercana.

Menores tiempos potenciales de despliegue.

Pero reducir el brownfield únicamente al time-to-market sería quedarse corto.

Existe otra ventaja cada vez más relevante:

el carbono ya invertido.

Construir desde cero implica hormigón, acero, movimientos de tierra y materiales con una importante huella asociada.

Una gran parte de las emisiones de un edificio ocurre incluso antes de encender el primer servidor.

Reutilizar estructuras existentes permite aprovechar ese embodied carbon ya invertido.

No solo se reutiliza un activo.

También se reutiliza una parte importante de su huella ambiental.

Y existe una tercera oportunidad todavía más interesante:

la integración energética y urbana.

Los centros de datos históricamente se han visto como consumidores eléctricos aislados.

Pero el crecimiento de la IA y las políticas urbanas europeas empiezan a abrir una nueva conversación:

¿pueden convertirse también en activos energéticos?

En varios países del norte de Europa, el calor residual de los centros de datos ya alimenta redes urbanas de calefacción.

Lo que antes era una pérdida térmica pasa a convertirse en recurso.

Un centro de datos deja de ser únicamente una carga para convertirse en una pieza integrada dentro del ecosistema energético local.

Y el brownfield puede facilitar esa transición.

Las antiguas zonas industriales suelen estar más próximas a infraestructuras urbanas, redes térmicas y entornos donde esa integración puede resultar más sencilla que en desarrollos aislados.

Pero existe una cuarta dimensión que empieza a ganar peso:

la flexibilidad energética.

Durante años, los centros de datos fueron vistos como consumidores pasivos: una conexión eléctrica, sistemas de respaldo y capacidad suficiente para alimentar servidores.

Ese modelo empieza a cambiar.

Porque el crecimiento de la IA llega precisamente cuando las redes europeas afrontan mayores restricciones, tiempos de conexión más largos y necesidades crecientes de resiliencia.

Y aquí aparecen nuevas herramientas.

No como sustitutas de la red.

Como complemento.

Los sistemas BESS (Battery Energy Storage Systems) empiezan a adquirir un papel mucho más amplio que el simple respaldo energético.

Pueden aportar flexibilidad operativa.

Reducir picos de demanda.

Ayudar a optimizar infraestructuras eléctricas limitadas.

Participar en servicios de red.

Incrementar resiliencia.

Facilitar estrategias de microred.

E incluso permitir una mejor integración entre generación local, almacenamiento y consumo.

Especialmente en desarrollos brownfield, donde cada megavatio disponible puede convertirse en un activo estratégico, la conversación deja de ser únicamente:

“¿Cuántos MW tengo?”

y pasa a ser:

“¿Cómo utilizo cada MW de forma más inteligente?”

Porque la próxima generación de centros de datos quizá no se diferencie únicamente por capacidad instalada.

Podría diferenciarse por su capacidad para interactuar mejor con el sistema energético que los rodea.

La visión de Templus: una infraestructura más distribuida

Aquí es donde estrategias como la de Templus empiezan a adquirir especial relevancia.

Durante años la industria apostó por concentrar capacidad en unos pocos grandes polos digitales.

Pero Europa quizá se dirija hacia otra arquitectura:

más distribuida.

más regional.

más interconunicada.

más cercana a donde realmente se crea valor.

La próxima generación de infraestructura digital podría no construirse únicamente desde cero.

Podría reutilizar, adaptar e integrar.

Porque quizá el futuro no pertenezca únicamente a quienes construyan más rápido.

Puede pertenecer a quienes sean capaces de combinar infraestructura, energía, flexibilidad y velocidad de ejecución de forma más inteligente.

La IA está cambiando muchas cosas.

Y una de ellas quizá sea esta:

la carrera ya no es por el suelo. Es por la energía, el tiempo… y la inteligencia con la que utilizamos ambos.

26 may 2026

The Race Is No Longer for Land. It’s for Power and Time

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Good morning everyone,

For many years our industry operated with a fairly simple formula.

Find land.

Secure connectivity.

Build capacity.

Scale.

And for a long time, that formula worked.

If demand increased, we built larger campuses.

If workloads grew, we expanded capacity.

Growth was mainly a question of size.

But I think Artificial Intelligence is changing the rules of the game.

Because AI is not simply increasing demand.

It is changing the physical reality of infrastructure.

Higher rack densities.

More intensive cooling requirements.

Faster deployment cycles.

More dynamic energy profiles.

And at the same time, Europe faces another reality:

Power constraints.

Grid bottlenecks.

Long interconnection timelines.

Permitting challenges.

Across many regions today, obtaining electrical capacity can take longer than constructing the facility itself.

That should make all of us stop and think.

Because perhaps the race ahead is no longer about who can build the biggest facility.

Perhaps it is about who can deploy infrastructure faster.

Who can energize capacity faster.

Who can adapt faster.

For years we focused on space.

Today we increasingly focus on time.

Time to market.

Time to power.

Time to value.

And I believe that changes one assumption our industry has had for decades.

The assumption that every new generation of digital infrastructure must begin with a blank page.

Find greenfield land.

Start from zero.

Build everything again.

But maybe the future is not only greenfield.

Across Europe there are industrial sites, facilities and infrastructure ecosystems already connected to energy environments.

Existing substations.

Existing electrical assets.

Existing industrial footprints.

Existing opportunities.

Brownfield redevelopment is not simply a real estate discussion.

It is becoming a strategic infrastructure discussion.

Because reusing and transforming existing assets can reduce deployment timelines and unlock opportunities in places where speed matters.

Of course, brownfield projects are not easy.

They bring engineering complexity.

Legacy constraints.

Environmental considerations.

Technical adaptation challenges.

There are no shortcuts.

But there is a broader lesson.

The next generation of digital infrastructure may increasingly be about intelligent reuse rather than starting from scratch.

And there is another transition happening simultaneously.

Traditionally, data centers behaved as passive consumers of electricity.

Power entered the facility.

Workloads consumed energy.

End of story.

But future infrastructure may require a more interactive relationship with energy systems.

Grid expansion will remain essential.

Transmission investment will remain essential.

Long-term planning will remain essential.

There is no single technology that solves everything.

No silver bullet.

But flexibility, smarter power management, distributed architectures and resilient energy strategies will become increasingly important.

Not as substitutes for infrastructure investment.

As complements to it.

Because resilience in the future will not simply mean redundancy.

Resilience will increasingly mean adaptability.

At Templus we believe Europe will not evolve into one giant digital hub.

We believe its future is a connected network.

Distributed.

Regional.

Close to where people live.

Close to where businesses operate.

Close to where value is created.

Because ultimately infrastructure is no longer only about buildings.

It is about enabling digital growth.

And perhaps the companies that win in the next decade will not be those who build the biggest campuses.

They will be those capable of connecting infrastructure, energy and intelligence faster than everyone else.

México apunta a las baterías: la verdadera oportunidad no está en los GW, sino en quién paga la flexibilidad

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Durante años, el debate energético se ha centrado en instalar más renovables. Más megavatios solares, más eólica y más capacidad conectada a red. Pero los mercados más avanzados están empezando a descubrir algo: la siguiente gran carrera no consiste en generar más energía, sino en hacer que el sistema funcione mejor.

Y México acaba de lanzar una señal interesante.

El país prepara la incorporación de alrededor de 6 GW de almacenamiento energético y, según el análisis de Aurora Energy Research, los proyectos de baterías que entren en operación en los próximos años podrían alcanzar rentabilidades superiores al 15%, dependiendo de ubicación y modelo de ingresos.

Pero la noticia importante no son los gigavatios.

La noticia es de dónde sale el dinero.

Durante mucho tiempo, muchos asumieron que las baterías vivirían principalmente del arbitraje: cargar energía barata y venderla cara horas después. Sin embargo, Aurora llega a una conclusión mucho más reveladora: el verdadero motor económico está en los mercados de capacidad y balance del sistema.

En México existe un déficit de capacidad firme y los precios asociados a esos servicios han alcanzado niveles elevados, creando un entorno especialmente favorable para el almacenamiento.

Y aquí aparece una lectura muy relevante para España.

Porque un observador podría responder: “México y España son mercados completamente distintos”. Y sería cierto… parcialmente.

España no sufre exactamente el mismo problema. Aquí el reto tiene otro nombre: vertidos renovables, congestión de red, horas de exceso fotovoltaico, retrasos de acceso y necesidad creciente de flexibilidad operativa.

Sin embargo, la lógica económica empieza a parecerse.

Cada vez resulta más evidente que el futuro de las baterías no dependerá únicamente de comprar y vender electricidad. Su valor real estará en combinar múltiples capas de ingresos:

– arbitraje energético
– servicios auxiliares
– estabilidad de red
– control de tensión
– capacidad firme
– hibridación renovable
– agregación y VPP

Es un cambio profundo: el almacenamiento deja de ser un complemento de la fotovoltaica y empieza a comportarse como una infraestructura crítica del sistema eléctrico.

Quizá esa sea la lección más interesante que llega desde México.

Porque cuando un mercado empieza a pagar por la flexibilidad y no solo por los kilovatios-hora, normalmente ocurre algo: las baterías dejan de ser una promesa y empiezan a convertirse en negocio.

Y ahí suele comenzar la siguiente fase del mercado energético.

25 may 2026

Plan Social para el Clima: más que ayudas, el inicio de una nueva etapa para el autoconsumo y las baterías en España


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El Gobierno acaba de presentar la propuesta del Plan Social para el Clima, una iniciativa dotada con 9.099 millones de euros para el periodo 2026-2032. Sobre el papel, el objetivo es claro: amortiguar el impacto social de la transición energética y acelerar actuaciones en vivienda, movilidad y eficiencia energética. Pero más allá del titular político, la gran pregunta para el sector es otra: ¿puede convertirse en el impulso definitivo para el almacenamiento distribuido y la electrificación residencial en España?

Hasta ahora, buena parte de las ayudas energéticas en España se han apoyado en deducciones fiscales o programas puntuales como Next Generation. El nuevo planteamiento parece más ambicioso. Cerca de 4.700 millones se dirigirían a rehabilitación energética, vivienda, comunidades energéticas y actuaciones relacionadas con energía distribuida.

Y aquí aparece un detalle especialmente interesante: el almacenamiento empieza a dejar de ser un actor secundario.

Durante años el despliegue fotovoltaico residencial ha estado centrado casi exclusivamente en instalar más paneles. Sin embargo, el mercado empieza a chocar con una realidad conocida: producir energía ya no es suficiente; el verdadero valor está en gestionar cuándo se produce, cuándo se consume y cuándo se almacena.

En otras palabras: estamos entrando en una etapa donde los BESS detrás del contador pueden pasar de complemento opcional a activo estratégico.

La propia evolución del sistema eléctrico español apunta en esa dirección. Más renovables implican mayores necesidades de flexibilidad, gestión de picos, reducción de vertidos y estabilidad. En paralelo, aparecen nuevas figuras regulatorias, agregadores, autoconsumo colectivo ampliado y modelos tipo VPP que cambian completamente la ecuación.

La pregunta incómoda es si España llegará a tiempo.

Un observador escéptico podría señalar que ya hemos visto anuncios ambiciosos antes. Y no le faltaría parte de razón. El Plan Social para el Clima presentado ahora es todavía una propuesta: entra en audiencia pública y necesita desarrollo normativo adicional. Las convocatorias reales, los criterios y la elegibilidad aún no existen.

Quizá la lectura más interesante no sea el volumen económico anunciado, sino el cambio de enfoque que refleja. La conversación energética en España parece moverse lentamente desde “instalar renovables” hacia algo más complejo: construir flexibilidad.

Y en esa transición, las baterías podrían dejar de ser el siguiente paso para convertirse en el elemento central.

Los PPA ya no bastan: la IA obliga a reinventar la energía de los centros de datos



Durante años, los centros de datos fueron el cliente perfecto para las renovables: cargas gigantes, consumo constante y contratos PPA a largo plazo capaces de financiar nuevos parques solares y eólicos. Pero algo empieza a cambiar. Mientras la carrera por construir infraestructura para IA acelera en Europa, los acuerdos PPA ligados a centros de datos están cayendo. Y la razón podría revelar un problema mucho mayor. (DataCenterKnowledge)

Según los datos citados por Rystad y diversas fuentes sectoriales, Europa podría pasar de unos 16 GW de capacidad de centros de datos a 36 GW hacia final de década, impulsada por la explosión de la inteligencia artificial y nuevas cargas computacionales. (World Economic Forum)

El problema es que el modelo energético tradicional empieza a mostrar grietas.


Los PPA nacieron para asegurar suministro renovable y dar estabilidad financiera. Pero una cosa es contratar energía y otra muy distinta disponer de ella exactamente cuando una instalación crítica la necesita. Los centros de datos no pueden depender de horas solares abundantes seguidas de periodos de escasez o congestión.

Y ahí aparece un fenómeno que llevas tiempo señalando: la generación ya no es el único cuello de botella; la gestionabilidad lo es.

Rystad advierte que el mercado empieza a sufrir un deterioro de precios de captura para solar debido al efecto de canibalización: demasiada generación coincidiendo en las mismas horas y una flexibilidad insuficiente para absorberla. (Rystad Energy)

Dicho de otra manera: producir más electricidad ya no garantiza más valor.

Un escéptico podría concluir: la solución será más gas o más nuclear. Pero hay otra interpretación posible: modificar la demanda en lugar de perseguir únicamente la oferta.

Aquí los BESS cambian la ecuación.

Un centro de datos con almacenamiento puede dejar de ser una carga rígida y convertirse en un activo energético:

  • desplazar consumo entre franjas horarias;

  • reducir picos de demanda;

  • absorber excedentes renovables;

  • aliviar congestiones;

  • aumentar resiliencia;

  • participar en mercados de flexibilidad.

Esto empieza a parecerse menos a un modelo PPA + centro de datos y más a uno de PPA + BESS + EMS + flexibilidad.

Y España podría tener una ventana interesante. Mientras mercados tradicionales como Irlanda o algunas zonas centroeuropeas se acercan a límites de red, países con renovables competitivas y potencial de almacenamiento ganan atractivo. (Jefferies.com)

La pregunta ya no es quién firma más PPA.

La pregunta es: ¿qué países serán capaces de convertir cargas digitales en recursos energéticos flexibles?

Fuentes: análisis y publicaciones de Rystad Energy sobre centros de datos y PPA; crecimiento de demanda energética y proyecciones europeas. (Rystad Energy)

Los BESS al rescate de las grandes inversiones: Madrid ya pierde proyectos por falta de red

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La batalla energética ya no está solo en generar más electricidad. El verdadero problema empieza a ser llevarla donde hace falta y cuando hace falta.

En una entrevista reciente, el consejero madrileño Carlos Novillo lanzó una advertencia poco habitual: la Comunidad de Madrid ya está perdiendo inversiones porque los proyectos no consiguen acceso a la red eléctrica a tiempo. Incluso afirma que algunos desarrollos ya se han desplazado fuera de España. (El Periódico de la Energía)

No es un problema menor. Madrid vive una avalancha de demanda asociada a centros de datos, inteligencia artificial, nuevos desarrollos urbanos e industria digital. La propia Comunidad lleva meses alertando de una planificación insuficiente y de una red cada vez más congestionada. (Comunidad de Madrid)

Pero aquí aparece una pregunta incómoda: ¿de verdad el problema es solo construir más líneas?

Porque levantar nuevas infraestructuras eléctricas requiere años de permisos, planificación y construcción. El crecimiento digital, en cambio, avanza a velocidad de meses.

Y ahí las baterías empiezan a cambiar las reglas.

Los sistemas BESS dejan de ser únicamente activos para arbitraje energético o servicios auxiliares. Empiezan a convertirse en herramientas de desbloqueo de capacidad.

Un BESS puede:

  • reducir picos instantáneos de demanda;

  • suavizar perfiles de carga;

  • permitir conexiones flexibles;

  • absorber excedentes renovables;

  • retrasar inversiones multimillonarias en red;

  • aportar soporte de tensión y estabilidad local.

En otras palabras: transformar capacidad "insuficiente" en capacidad utilizable.

No es casualidad que mercados como EEUU o Reino Unido estén acelerando esquemas de "non-wire alternatives", donde almacenamiento y flexibilidad compiten directamente con nuevas líneas y subestaciones.

Además, el argumento encaja con otra realidad española: la saturación creciente de accesos y los recortes renovables. Construir más generación sin almacenamiento puede terminar ampliando un problema ya visible.

La cuestión quizá ya no sea cuánta energía podemos producir.

La pregunta es otra:

¿cuántas inversiones más puede permitirse perder España antes de asumir que el almacenamiento también es infraestructura crítica?

Los BESS al rescate de las plantas fotovoltaicas: del canibalismo energético a la rentabilidad inteligente


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Durante años, la ecuación era sencilla: construir más megavatios solares significaba producir más energía y generar más ingresos. Hoy esa lógica empieza a romperse. La enorme penetración fotovoltaica en España está provocando un efecto cada vez más visible: cuanto más sol produce el sistema, menos vale esa energía.

El resultado ya es conocido. Horas centrales del día con precios hundidos, episodios cercanos a cero euros por megavatio-hora, aumento del curtailment y una creciente presión financiera sobre desarrolladores medianos y pequeños.

La paradoja es evidente: la fotovoltaica está sufriendo precisamente por su éxito.

Aquí es donde el almacenamiento energético mediante BESS puede convertirse en un elemento transformador.

Una batería cambia completamente la naturaleza de una planta solar. Deja de ser un activo obligado a vender energía cuando el mercado está saturado y pasa a convertirse en un recurso flexible capaz de decidir cuándo entregar energía y cuándo almacenarla.

Eso abre nuevas vías:

  • desplazar energía de horas de exceso solar a horas de mayor precio;

  • reducir vertidos;

  • estabilizar ingresos;

  • participar en mercados de flexibilidad;

  • prestar servicios auxiliares;

  • aportar soporte de tensión e inercia sintética.

La conversación cambia por completo. El activo deja de vivir únicamente del pool.

Además, las nuevas reformas regulatorias y la hibridación pueden acelerar esta transición. Lo que hace pocos años era una planta solar aislada puede evolucionar hacia una infraestructura energética mucho más sofisticada.

La pregunta ya no es si necesitamos más renovables.

La pregunta empieza a ser otra:

¿Cuántas renovables pueden sobrevivir sin almacenamiento?

Porque quizás el verdadero rescate de muchas plantas fotovoltaicas no llegue desde el mercado eléctrico.

Podría llegar desde las baterías.