23 may 2026

Cuando tu termostato se convierte en una central eléctrica: la revolución silenciosa que puede cambiar el sistema energético


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Durante décadas el sistema eléctrico siguió una lógica muy simple. Grandes centrales producían energía y millones de consumidores la utilizaban. El flujo era unidireccional y la inteligencia estaba concentrada en unos pocos puntos del sistema. La red era, en esencia, una autopista diseñada para que la energía viajara desde unos pocos productores hacia millones de usuarios.

Pero algo está empezando a cambiar.

Y quizá la señal más llamativa de ese cambio es un titular que hace apenas unos años habría parecido absurdo: “Tu termostato ahora es una central eléctrica”.

Suena exagerado. Y, técnicamente, lo es. Un termostato por sí solo no sustituye una central. Tampoco una batería doméstica aislada ni un cargador inteligente de vehículo eléctrico. El cambio real aparece cuando miles, decenas de miles o incluso millones de pequeños activos distribuidos comienzan a actuar de manera coordinada.

Porque una vivienda es pequeña. Cien mil viviendas dejan de serlo.

Y ahí es donde entran las centrales eléctricas virtuales o VPP (Virtual Power Plants).

La idea es tan simple como disruptiva: conectar miles de recursos energéticos distribuidos —baterías domésticas, autoconsumo, bombas de calor, cargadores de vehículos eléctricos, sistemas industriales o incluso termostatos inteligentes— y gestionarlos mediante algoritmos e inteligencia artificial para que se comporten como una única gran central eléctrica.

Ya está ocurriendo.

En Estados Unidos, empresas eléctricas están coordinando flotas enteras de dispositivos domésticos para desplazar consumos, reducir picos de demanda y estabilizar redes cada vez más complejas. Lo que antes requería construir nuevas centrales pico ahora puede conseguirse activando miles de pequeñas respuestas distribuidas durante unos minutos.

Y el impacto potencial es enorme.

El Departamento de Energía estadounidense considera que las VPP podrían cubrir una parte significativa de los picos de demanda y evitar inversiones multimillonarias en nuevas infraestructuras eléctricas.

La pregunta interesante no es si esto llegará.

La pregunta es qué ocurrirá cuando llegue a gran escala.

Porque aquí la historia deja de ir sobre termostatos.

Y empieza a ir sobre baterías.

Durante años hemos hablado del almacenamiento como una herramienta para aumentar autoconsumo, reducir factura o disponer de respaldo ante apagones. Pero la lógica VPP cambia completamente la conversación.

Una batería deja de ser únicamente un equipo instalado en una vivienda. Pasa a convertirse en un activo energético conectado.

Puede cargar cuando la red tiene exceso renovable. Descargar durante picos de demanda. Participar en arbitraje energético. Ayudar al control dinámico de tensión. Proporcionar servicios auxiliares. Responder automáticamente a perturbaciones de frecuencia. Integrarse en mercados de flexibilidad.

Y cuando miles de baterías hacen esto simultáneamente, aparece algo nuevo: una infraestructura energética distribuida.

Aquí es donde la inteligencia artificial empieza a jugar un papel mucho más relevante de lo que parece.

Porque gestionar una batería aislada es relativamente sencillo.

Gestionar cientos de miles de activos repartidos por un país es otra historia completamente distinta.

La IA deja entonces de optimizar una vivienda individual para empezar a coordinar ecosistemas energéticos completos: prever demanda, anticipar precios, estimar generación fotovoltaica, detectar congestiones, reaccionar ante incidencias y tomar decisiones en segundos.

Y esto abre una pregunta especialmente interesante para España.

Mientras gran parte del debate energético sigue centrado en generación, permisos o capacidad instalada, quizá la discusión más importante se está desplazando hacia otro lugar.

¿Estamos diseñando una red para conectar equipos o una red para coordinar millones de dispositivos inteligentes?

Porque las futuras restricciones del sistema probablemente ya no estarán solo en generación.

Estarán en coordinación.

Y ahí aparecen conceptos que hace pocos años apenas existían en el debate energético español: agregadores, permisos flexibles, almacenamiento distribuido, VPP o mercados dinámicos locales.

Un escéptico podría argumentar que esto lleva años prometiéndose.

Y tendría parte de razón.

Las VPP no son nuevas. Tampoco lo son las baterías ni la respuesta de demanda.

La diferencia es que, por primera vez, tres piezas parecen estar llegando simultáneamente: almacenamiento a gran escala, digitalización masiva e inteligencia artificial.

Y cuando varias tecnologías maduran a la vez, los cambios suelen acelerarse de forma no lineal.

Quizá por eso el titular inicial resulta tan interesante.

No porque un termostato sea una central eléctrica.

Sino porque millones de dispositivos coordinados mediante IA podrían terminar comportándose como una.

Y cuando eso ocurra, la gran pregunta quizá ya no será quién produce la energía.

Será quién controla la inteligencia que la coordina.

El almacenamiento detrás del contador creció un 119% en España



Durante años la transición energética tuvo un objetivo casi obsesivo: instalar más renovables. Más paneles. Más megavatios. Más parques solares y eólicos. Parecía una carrera donde ganaba quien añadía más capacidad a la red.

Pero algo ha cambiado.
Y quizás lo más interesante es que el siguiente gran salto energético podría no producirse en grandes plantas aisladas ni en nuevas líneas de alta tensión. Puede estar ocurriendo silenciosamente dentro de fábricas, centros logísticos, edificios y hogares.
Detrás del contador.
Desde APPA Renovables lo han resumido con una frase que puede parecer sencilla, pero que probablemente marque una década: el almacenamiento va a revolucionar sobre todo el ámbito detrás del contador.
Y los números empiezan a demostrarlo.
En 2025 España instaló 339 MWh de almacenamiento asociado al autoconsumo, un crecimiento del 119% frente al año anterior. Más llamativo todavía: el almacenamiento residencial aumentó un 155% y el comercial e industrial un 95%. (pv magazine España)
No parece un fenómeno coyuntural.
Parece un cambio estructural.
Porque la batería ya no se instala únicamente para guardar excedentes solares. Empieza a convertirse en una herramienta de negocio.
Una herramienta financiera.
Y una herramienta operativa.
La razón es sencilla: la energía está dejando de consumirse de forma pasiva.
Hasta ahora una industria compraba electricidad cuando la necesitaba. Punto.
En el nuevo paradigma energético una instalación con fotovoltaica, batería, inteligencia energética y algoritmos puede decidir cuándo consumir, cuándo almacenar, cuándo descargar, cuándo limitar potencia, cuándo arbitrar precios o cuándo prestar servicios al sistema.
La instalación deja de ser una carga.
Empieza a comportarse como un activo energético.
Y aquí aparece una consecuencia enorme para el sector C&I.
Durante años muchas industrias han encontrado barreras para electrificarse: costes, potencia contratada, picos de demanda o problemas de acceso a red.
La batería detrás del contador cambia parte de esa ecuación.
Permite reducir picos, optimizar energía, mejorar autoconsumo y suavizar perfiles de carga. Pero además abre una puerta aún más interesante: aportar flexibilidad.
En un país donde miles de GWh renovables continúan desperdiciándose por limitaciones de red y donde la saturación de determinados nudos empieza a convertirse en un cuello de botella, la capacidad de gestionar energía localmente puede ser tan importante como producirla. APPA estima que en 2025 se desaprovecharon más de 2.183 GWh por restricciones y limitaciones operativas.
Y aquí estamos solo viendo el principio.
Porque cuando conectamos almacenamiento distribuido, agregación, inteligencia artificial y plataformas VPP, la pregunta ya no es cuánto consume una instalación.
La pregunta será cuánto valor energético puede aportar al sistema.
El gran cambio es que las baterías dejan de ser un componente.
Empiezan a convertirse en infraestructura digital de la red.
Y quizá dentro de unos años miraremos atrás y descubriremos algo curioso: la revolución energética no empezó en las plantas de generación.
Empezó detrás del contador.
Y quien entienda antes esa transición tendrá ventaja.
Porque la próxima década no será simplemente renovable.
Será flexible, inteligente y distribuida.
Y ahí el almacenamiento puede convertirse en el sistema operativo de la nueva energía.

22 may 2026

EE.UU. acaba de lanzar un mensaje al mundo energético: las baterías empiezan a liderar la transformación eléctrica.


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Durante años, el almacenamiento fue presentado como el acompañante ideal de la solar y la eólica. La narrativa era sencilla: instalar renovables, generar excedentes y usar baterías para desplazar energía unas horas. Pero los datos que acaba de publicar el nuevo informe U.S. Energy Storage Market Outlook Q2 2026 (ESMO), elaborado conjuntamente por la Solar Energy Industries Association y Benchmark Mineral Intelligence, dibujan algo mucho más profundo: el almacenamiento ya no crece solo por la transición energética. Está creciendo porque el sistema eléctrico moderno empieza a necesitarlo para funcionar. (Benchmark Mineral Intelligence)

Los números hablan por sí solos. Estados Unidos instaló 9,7 GWh de nueva capacidad de almacenamiento en el primer trimestre de 2026, el mejor arranque de año registrado hasta ahora, con un crecimiento del 32% respecto al año anterior. El segmento utility-scale aportó 7,8 GWh, mientras C&I y residencial continuaron acelerando despliegues. (Reuters)

Pero el dato verdaderamente interesante no es la magnitud. Es el motivo.

Porque, por primera vez de forma muy visible, las baterías ya no parecen estar impulsadas principalmente por la integración renovable. Detrás aparece una nueva fuerza: la explosión de la demanda eléctrica asociada a la inteligencia artificial, los centros de datos, la volatilidad energética y la necesidad de reforzar resiliencia de red. (Reuters)

Eso cambia bastante las reglas del juego.

Los centros de datos de IA no consumen electricidad como una industria convencional. Sus cargas son dinámicas, presentan variaciones rápidas y exigen una calidad de suministro extrema. Y aquí surge un problema: construir un centro de datos puede requerir menos de dos años; conectarlo a la red, en algunos mercados estadounidenses, puede tardar entre tres y siete. (Reuters)

La consecuencia es evidente: si la red no puede responder a tiempo, la flexibilidad tiene que acercarse a la demanda.

Ahí las baterías empiezan a cambiar de papel. Ya no son simplemente un depósito de energía. Empiezan a actuar como infraestructura activa: suavizan picos, reducen congestiones, permiten aprovechar capacidad de red existente, estabilizan tensión, reducen dependencia de grupos diésel y permiten que nuevas cargas eléctricas se conecten antes. (Reuters)

Y esto tiene implicaciones enormes para España.

Porque mientras EE.UU. instala casi 10 GWh en un trimestre, en Europa seguimos centrando buena parte del debate en permisos, acceso, regulación o procedimientos pendientes. Y sin embargo, la dirección parece clara: la electrificación acelerada, los centros de datos y la digitalización van a aumentar la presión sobre las redes mucho antes de que las grandes infraestructuras puedan crecer al mismo ritmo.

La pregunta ya no parece ser si necesitamos almacenamiento.

La pregunta es cuánto tiempo puede una red soportar la nueva demanda sin él.

Y quizá ahí esté la verdadera lección del informe estadounidense: las baterías están dejando de ser un activo energético para convertirse en infraestructura estratégica.

No porque sobren renovables. Porque empieza a faltar flexibilidad. 

La batería ya no compite por almacenar energía: compite por convertirse en un activo financiero inteligente


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Durante años la conversación alrededor del almacenamiento fue sorprendentemente simple: coste por kWh instalado, duración, ciclos y retorno de inversión. La pregunta era cuánto costaba una batería. Y quizá ese ha sido el mayor error del sector.

Porque la noticia que empieza a emerger en España es mucho más profunda: las baterías están dejando de ser equipos para convertirse en infraestructuras capaces de generar múltiples capas de ingresos simultáneamente.

Y eso cambia completamente las reglas del juego.

La reciente información publicada sobre rentabilidades asociadas a hibridación, agregación y financiación inteligente apunta precisamente hacia ese cambio de paradigma. Ya no hablamos únicamente de arbitraje energético. Hablamos de convertir un activo electroquímico en una plataforma dinámica capaz de optimizar energía, red y mercados al mismo tiempo.

La diferencia parece sutil. No lo es.

Durante años, gran parte de los modelos financieros de almacenamiento se apoyaban casi exclusivamente en comprar electricidad barata y venderla cara horas después. El problema es evidente: si un proyecto depende de una única fuente de ingresos, su bancabilidad se vuelve extremadamente sensible a la volatilidad del mercado.

Un banco no financia bien la incertidumbre.

Y ahí es donde aparece el verdadero cambio estructural.

Las baterías empiezan a comportarse como activos capaces de hacer revenue stacking: acumular múltiples servicios e ingresos simultáneos.

Una batería híbrida junto a una planta fotovoltaica puede absorber excedentes, reducir vertidos, desplazar producción a horas de mayor precio, suavizar canibalización solar y estabilizar el perfil económico del proyecto. Si además participa en mercados intradiarios, servicios de ajuste o flexibilidad local, aparece una nueva capa de valor.

Si a eso añadimos agregadores y centrales eléctricas virtuales (VPP), el modelo vuelve a transformarse.

Porque un BESS aislado puede ser una batería.

Miles de BESS coordinados empiezan a parecerse a una central eléctrica digital distribuida.

Y probablemente ahí se encuentre uno de los grandes movimientos silenciosos que se están produciendo en Europa.

Los agregadores independientes permiten que activos dispersos —industria, autoconsumo, almacenamiento comercial o utility— operen como un único recurso flexible. Ya no importa únicamente cuánta energía hay disponible. Empieza a importar cómo responde esa energía.

Rapidez.

Capacidad predictiva.

Disponibilidad.

Comportamiento dinámico.

Es exactamente la dirección hacia la que evoluciona el sistema eléctrico moderno.

Y España tiene razones especialmente fuertes para acelerar ese camino.

El país se enfrenta a una paradoja extraordinaria: dispone de uno de los mayores recursos renovables de Europa y, simultáneamente, experimenta una creciente presión por congestiones, vertidos, saturación de puntos de conexión y episodios de precios extremadamente bajos o incluso negativos.

El problema ya no es generar electricidad.

El problema empieza a ser gestionarla.

Los recientes debates sobre acceso flexible, la evolución regulatoria, las propuestas de la CNMC y el impulso progresivo al almacenamiento muestran una dirección bastante clara: la red del futuro probablemente dejará de remunerar únicamente energía entregada.

Empezará a remunerar comportamiento.

Capacidad para responder.

Capacidad para estabilizar.

Capacidad para desplazar energía.

Capacidad para evitar inversiones adicionales en infraestructura.

Y eso tiene consecuencias enormes para la financiación.

Porque históricamente uno de los grandes desafíos del almacenamiento standalone era precisamente la incertidumbre de ingresos futuros. Sin embargo, cuando aparecen contratos híbridos, acuerdos de capacidad, agregación, servicios auxiliares o modelos tipo tolling, el perfil de riesgo cambia radicalmente.

Un activo con ingresos más predecibles es un activo más financiable.

Y un activo financiable se despliega más rápido.

El sector solar ya vivió algo parecido hace años. La caída de costes fue importante, pero el gran punto de inflexión llegó cuando bancos y fondos entendieron cómo valorar el riesgo.

Las baterías podrían estar acercándose a ese mismo momento.

No porque las celdas sean más baratas.

No porque aumente su densidad energética.

Sino porque el sistema eléctrico empieza a descubrir cómo monetizar su inteligencia.

La pregunta, por tanto, quizá ya no sea cuánto cuesta instalar una batería.

La pregunta empieza a ser otra mucho más estratégica:

¿cuántas funciones distintas puede realizar esa batería durante el mismo día?

Porque en el nuevo sistema eléctrico, la rentabilidad ya no dependerá únicamente de almacenar electrones.

Dependerá de gestionar flexibilidad. Y ahí probablemente empieza la verdadera revolución del almacenamiento.

IRENA lo confirma: ya no gana quien instala más renovables, gana quien aporta flexibilidad


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Durante años la receta parecía sencilla. Instalar más renovables. Más solar. Más eólica. Más gigavatios. Durante una década la conversación energética giró alrededor de una única obsesión: aumentar capacidad.

Y funcionó.

El despliegue renovable ha avanzado a una velocidad que hace pocos años parecía impensable. Pero ahora IRENA acaba de lanzar un mensaje que cambia el foco y, posiblemente, redefine la siguiente década energética: la próxima fase de la transición estará liderada por la electrificación.

IRENA; Transitioning away from fossil fuels: A roadmap based on renewables, electrification and grid enhancement

A primera vista parece una noticia más.

No lo es.

Porque electrificar no consiste simplemente en sustituir gasolinas o combustibles fósiles por electrones. Significa llevar hacia la red eléctrica consumos gigantescos que antes vivían fuera de ella: vehículos eléctricos, calefacción, bombas de calor, procesos industriales, hidrógeno, refrigeración y, cada vez más, centros de datos e inteligencia artificial.

Y ahí aparece la pregunta incómoda:

¿Está el sistema preparado?

La respuesta corta es que probablemente no.

Porque mientras seguimos hablando de instalar renovables, el informe deja entrever otro problema mucho más profundo: el cuello de botella ya no es producir electricidad. El cuello de botella empieza a ser integrarla. Actualmente existen alrededor de 2.500 GW de proyectos esperando conexión a red, principalmente solar, eólica y almacenamiento.

No faltan paneles.

No faltan baterías.

No faltan proyectos.

Empieza a faltar algo mucho más complejo: infraestructura y capacidad de gestión del sistema.

Y eso cambia completamente las reglas del juego.

Porque cuanto más electrificamos, más dependemos de una red capaz de absorber generación distribuida, gestionar flujos bidireccionales, responder a cambios instantáneos y operar con enormes cantidades de renovables variables.

IRENA estima que la electricidad pasará de representar el 23% del consumo energético final actual a un 35% en 2035 y más del 50% en 2050.

Eso significa un sistema radicalmente distinto al actual.

Y para sostenerlo las inversiones necesarias son gigantescas. Las redes eléctricas requerirán pasar de unos 500.000 millones de dólares anuales actuales a más de un billón anual durante la próxima década.

Pero la cifra más reveladora probablemente sea otra.

El almacenamiento global instalado debería pasar de 416 GW actuales a 2.530 GW en 2035 y casi 6.900 GW en 2050.

No es un crecimiento incremental.

Es una redefinición completa del sistema.

Y aquí es donde aparece el verdadero protagonista silencioso de la próxima década: la flexibilidad.

Porque el nuevo sistema energético no necesitará únicamente producir electricidad limpia. Necesitará moverla, almacenarla, redistribuirla y entregarla exactamente cuando haga falta.

IRENA proyecta que las necesidades diarias de flexibilidad pasarán del 7% actual al 30% hacia 2050.

Y eso convierte a las baterías en algo muy diferente a un simple depósito energético.

Los BESS dejan de almacenar electrones.

Empiezan a gestionar estabilidad.

Empiezan a aliviar congestiones.

Empiezan a aportar soporte dinámico, servicios de red, respuesta ultrarrápida y capacidad firme en sistemas con altas penetraciones renovables.

Y cuanto más avance la electrificación, más valor tendrá esa capacidad.

De hecho, el propio informe ya incorpora elementos que hace unos años parecían futuristas: almacenamiento distribuido, VPPs, digitalización avanzada e incluso analítica basada en inteligencia artificial para gestionar redes cada vez más complejas.

Y quizá ahí esté el cambio más profundo de todos.

La transición energética ya no será una carrera por instalar más megavatios.

Será una carrera por gestionar complejidad.

Porque el nuevo petróleo del sistema eléctrico ya no serán los electrones.

Será la flexibilidad.

España ya no necesita convencerse sobre las baterías. Necesita dejar de frenarlas.


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Durante años, el debate energético español giró alrededor de una pregunta: ¿necesitamos almacenamiento? Esa conversación prácticamente ha terminado.

La cuestión ahora es otra: ¿llegará la regulación a tiempo?

Porque mientras España instala renovables a gran velocidad, aumenta la electrificación y se prepara para una ola de nuevos consumos —desde industria hasta centros de datos e IA— el sistema empieza a mostrar una realidad incómoda: producir energía limpia ya no es suficiente. Ahora hay que gestionarla.

Y ahí aparece la gran paradoja española.

Las baterías ya no son una tecnología inmadura ni una promesa futura. Los costes han caído, la hibridación avanza, España ya ha entrado entre los principales mercados europeos de almacenamiento y las previsiones apuntan a un crecimiento acelerado.

Sin embargo, el sector sigue señalando el mismo cuello de botella: la velocidad regulatoria.

Y tiene sentido.

Porque una batería no es simplemente una caja que almacena electrones. En un sistema eléctrico moderno actúa como un activo multifunción:

– desplaza energía entre horas
– reduce vertidos renovables
– estabiliza tensión y frecuencia
– aporta flexibilidad
– evita congestiones
– mejora la resiliencia ante eventos extremos
– y crea capacidad adicional sin necesidad de construir kilómetros de red nueva

De hecho, investigaciones recientes muestran que la flexibilidad ya está empezando a convertirse en un recurso equivalente a infraestructura física tradicional.

Y aquí aparece un punto especialmente interesante para España.

Tras el apagón ibérico y la creciente preocupación por estabilidad, el sistema eléctrico parece haber entrado en una nueva fase. Antes el objetivo era añadir renovables. Ahora el reto es mantener un sistema dominado por renovables funcionando con estabilidad y capacidad de reacción.

Eso cambia completamente las reglas del juego.

Porque en una red con alta penetración renovable, el activo más valioso ya no es la generación adicional.

Es la flexibilidad.

Y esa flexibilidad tiene nombre: almacenamiento.

La buena noticia es que la tecnología ya está preparada.

La pregunta es si la regulación llegará antes de que la red empiece a pedir a gritos algo que las baterías podrían estar resolviendo ya.

Porque quizá el gran riesgo para España ya no sea quedarse sin renovables.

Sea quedarse sin tiempo.

¿Qué me gusta de este enfoque? Conecta regulación + apagón + flexibilidad + BESS + narrativa de cambio estructural. Y además encaja muy bien con tus líneas habituales de “las baterías como infraestructura crítica del sistema”.

20 may 2026

BloombergNEF lanza un aviso: el problema ya no es producir más electricidad. Es moverla en el momento adecuado.



Durante décadas, el sistema energético mundial se construyó bajo una lógica relativamente simple: producir más energía para satisfacer una demanda creciente. Más centrales, más combustible, más capacidad instalada. Pero el último informe New Energy Outlook 2026 de BloombergNEF apunta a algo mucho más profundo: las reglas están cambiando. (BloombergNEF)

No estamos entrando simplemente en una era más eléctrica. Estamos entrando en una era donde la flexibilidad empieza a convertirse en el recurso más valioso del sistema.

BloombergNEF prevé que la electricidad se convierta en la principal fuente de energía final antes de mediados de siglo. Dos tercios del nuevo crecimiento energético mundial vendrán de la electrificación, impulsada por vehículos eléctricos, industria, climatización… y un nuevo actor que hasta hace pocos años apenas aparecía en los modelos energéticos: la inteligencia artificial y los centros de datos.

Y aquí aparece uno de los datos más reveladores del informe: la demanda eléctrica asociada a centros de datos se triplicará antes de 2035, convirtiéndose en uno de los grandes motores de crecimiento energético mundial.

La primera reacción podría ser pensar: perfecto, más renovables resolverán el problema.

Pero el informe plantea una realidad mucho más incómoda.

Porque producir electricidad barata ya no parece ser el principal cuello de botella. El verdadero desafío es otro: producirla exactamente cuando hace falta.

El crecimiento masivo de la solar está creando curvas de generación cada vez más extremas. En muchos mercados aparece un fenómeno conocido desde hace años: abundancia energética al mediodía y escasez pocas horas después. La consecuencia es visible: precios hundidos durante determinadas horas, vertidos renovables crecientes y tensión sobre la rentabilidad de los activos.

La respuesta tradicional habría sido evidente: construir más red, instalar más centrales de respaldo o recurrir a más gas.

Sin embargo, BloombergNEF lanza una propuesta sorprendentemente directa:

"Una opción mucho más simple: utilizar baterías a escala para desplazar generación del mediodía a las horas de tarde."

Es una frase aparentemente sencilla, pero detrás hay un cambio enorme de paradigma.

Porque por primera vez uno de los análisis más influyentes del sector deja entrever que el problema ya no consiste únicamente en generar electrones. Consiste en gestionar el tiempo.

Y esa diferencia cambia completamente el papel del almacenamiento.

BloombergNEF ha elevado de forma significativa sus previsiones de despliegue de baterías. El almacenamiento estacionario pasa de 223 GW actuales hasta 3,8 TW en 2050, multiplicándose por diecisiete.

Más llamativa todavía es una afirmación incluida en el informe:

La industria de baterías estacionarias en 2026 está aproximadamente donde estaba la solar en 2020.

La frase merece detenerse un instante.

Porque si la analogía es correcta, podríamos estar al comienzo de una curva de crecimiento muy parecida a la que transformó el mercado fotovoltaico durante los últimos años: costes cayendo, productos estandarizándose y despliegues acelerándose mucho más rápido de lo esperado.

Y España aparece aquí como un caso especialmente interesante.

Según BloombergNEF, la Península Ibérica ya utiliza almacenamiento y bombeo para desplazar parte de la energía producida, pero en 2050 podría desplazar aproximadamente un 25% de la generación total y convivir con niveles de curtailment cercanos al 18%.

Curiosamente, este escenario coincide con muchas de las conversaciones que ya están sobre la mesa:

redes saturadas, permisos flexibles, auge de centros de datos, agregadores, VPP y necesidad creciente de servicios de estabilidad.

La conclusión es difícil de ignorar.

Durante años la pregunta clave fue:

"¿Cuántos megavatios puedes instalar?"

La próxima década quizá haga una pregunta distinta:

"¿Cuántos megavatios puedes desplazar, gestionar y flexibilizar?"

Porque el nuevo petróleo del sistema eléctrico puede que no sean los electrones.

Puede que sea la flexibilidad.