29 abr 2026

Del gas a la flexibilidad: por qué el verdadero cambio energético en España no es la solar, sino el almacenamiento


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Durante los últimos años, el discurso energético en Europa ha estado dominado por una idea aparentemente sencilla: a mayor penetración de energías renovables, menor precio de la electricidad. Y, en efecto, hay evidencia sólida que respalda esta relación. El informe Towards Cheaper Electricity de Positive Money Europe muestra que el despliegue de eólica y solar ha reducido los precios mayoristas en torno a un 24,2% entre 2023 y 2025.

Sin embargo, quedarse en esa conclusión es simplificar demasiado un sistema que, en realidad, se está volviendo más complejo.

El mismo informe señala que el desacoplamiento entre los precios de la electricidad y los del gas sigue siendo incompleto. A pesar del crecimiento renovable, el gas continúa actuando como tecnología marginal en la mayoría de las horas, lo que significa que sigue fijando el precio del mercado eléctrico . En otras palabras, el sistema ha reducido su dependencia del gas en términos de generación, pero no ha logrado aún eliminar su influencia en la formación de precios.

Este matiz es clave para entender lo que está ocurriendo.

A medida que aumenta la penetración de renovables, especialmente solar, el sistema empieza a mostrar una característica estructural nueva: la volatilidad intradiaria. Se generan situaciones en las que hay abundancia de energía —con precios muy bajos o incluso negativos— durante las horas de máxima producción renovable, y escasez relativa —con precios elevados— cuando esa generación desaparece. No es un fallo del sistema, sino una consecuencia directa de su transformación.

Esto implica un cambio profundo en la naturaleza del problema energético. Durante décadas, la cuestión central fue cómo generar suficiente electricidad al menor coste posible. Hoy, en sistemas con alta penetración renovable como el español, el reto ya no es tanto generar más, sino gestionar mejor cuándo se genera y cuándo se consume.

Es en este punto donde el almacenamiento en baterías, los sistemas BESS, deja de ser una tecnología complementaria para convertirse en una pieza estructural del sistema.

El informe de Positive Money lo anticipa de forma clara: sin recursos de flexibilidad, el impacto de las renovables sobre los precios tiende a estancarse. La razón es que, sin capacidad para desplazar energía en el tiempo, el sistema no puede aprovechar plenamente los momentos de generación abundante ni mitigar los momentos de escasez. La consecuencia es un mercado fragmentado en el tiempo, con ineficiencias que el propio mercado señala a través de diferencias de precio cada vez más pronunciadas.

Los sistemas de almacenamiento responden exactamente a ese desequilibrio. Permiten absorber energía en momentos de baja demanda o alta producción renovable y liberarla cuando el sistema la necesita. Pero su valor no se limita al arbitraje energético. También aportan estabilidad a la red, reducen picos de demanda, evitan vertidos de energía renovable y facilitan una mayor integración de tecnologías limpias.

España reúne todas las condiciones para que esta transición hacia la flexibilidad se acelere.

España cuenta con una de las mayores penetraciones de renovables de Europa, una elevada exposición a la variabilidad solar y un mercado eléctrico donde la señal de precios refleja cada vez con más claridad estas dinámicas. En este contexto, el almacenamiento no es una mejora incremental, sino un requisito para la siguiente fase de la transición energética.

Aquí es donde soluciones como las de SolaX Power encuentran su encaje natural. Su propuesta, centrada en integrar generación distribuida con almacenamiento inteligente, responde directamente a las necesidades emergentes del sistema. No se trata únicamente de optimizar el autoconsumo, sino de convertir a los usuarios en agentes activos capaces de gestionar su energía en función de señales de precio y condiciones del sistema.

Este enfoque introduce un cambio de paradigma relevante. El consumidor deja de ser un elemento pasivo para convertirse en un recurso flexible, capaz de aportar valor tanto a nivel individual como al conjunto del sistema eléctrico.

La narrativa dominante ha puesto el foco en la generación renovable como motor del cambio. Y lo ha sido. Pero los datos sugieren que ese cambio ha entrado en una nueva fase. La reducción de costes ya no depende únicamente de instalar más capacidad renovable, sino de desplegar las herramientas que permitan integrarla de forma eficiente.

El desacoplamiento real de los combustibles fósiles no vendrá solo de generar energía limpia, sino de gestionar esa energía de forma inteligente. Y en ese proceso, el almacenamiento no es una opción más, sino la condición necesaria para que el sistema funcione.

La transición energética, en su siguiente etapa, no será una cuestión de megavatios instalados, sino de flexibilidad desplegada.