Alemania acaba de abrir una de las batallas regulatorias más importantes de la transición energética europea: cómo diseñar un mercado de capacidad sin convertirlo, en la práctica, en una subvención encubierta a las centrales de gas.
La asociación alemana de almacenamiento energético BVES prepara una denuncia ante la Comisión Europea contra el diseño del futuro mercado de capacidad alemán. El motivo es muy concreto: la propuesta exige que los activos puedan entregar electricidad durante 10 horas consecutivas y, tras solo una hora de recuperación, volver a entregar otras 10 horas.
Sobre el papel, parece una condición técnica neutral.
En la práctica, es una puerta casi hecha a medida para el gas.
Ese es el problema de fondo. La discriminación regulatoria no siempre aparece escrita con letras grandes. A veces se esconde en una fórmula, en una duración mínima, en una penalización, en un coeficiente de firmeza o en una ventana de disponibilidad aparentemente inocente.
Las baterías no están pidiendo trato de favor. Lo que reclaman es algo más básico: que el mercado reconozca correctamente el valor que aportan.
Porque la seguridad del sistema eléctrico ya no depende solo de tener máquinas capaces de quemar combustible durante muchas horas. Depende también de poder responder en milisegundos, estabilizar frecuencia, absorber excedentes renovables, reducir vertidos, suavizar rampas, desplazar energía solar hacia las horas punta y aportar servicios de red cada vez más sofisticados.
Ese valor no se mide bien con una regla única de “cuántas horas aguantas descargando”.
Ahí está el error.
Un sistema eléctrico dominado por renovables no necesita solo energía firme de larga duración. Necesita flexibilidad. Mucha. Rápida. Distribuida. Agregable. Digitalizada. Y ahí las baterías son una pieza central.
Por supuesto, hay que ser honestos: una batería de 2 o 4 horas no sustituye por sí sola a una central despachable durante una Dunkelflaute de varios días. Ese argumento existe y es serio. La seguridad de suministro de larga duración necesita soluciones específicas: almacenamiento de larga duración, hidráulica, biogás, hidrógeno renovable, interconexiones, gestión de demanda y, en algunos casos, respaldo térmico.
Pero reconocer eso no justifica diseñar el mercado entero como si la única capacidad útil fuera la que se parece a una central de gas.
La regulación debería separar productos:
capacidad de larga duración,
respuesta rápida,
servicios de estabilidad,
flexibilidad de demanda,
almacenamiento agregado,
hibridación renovable + BESS,
y recursos capaces de reducir picos netos del sistema.
Meterlo todo en una regla de 10 horas es una simplificación peligrosa. Y, sobre todo, es una mala señal para el mercado.
Porque los inversores no solo miran los precios de la energía. Miran las reglas. Y si las reglas penalizan a las baterías justo cuando Europa necesita multiplicar su almacenamiento, el mensaje es contradictorio: queremos flexibilidad, pero diseñamos los incentivos para tecnologías del pasado.
España debería mirar este debate con mucha atención.
Nuestro mercado de capacidad parte, en principio, de una posición más equilibrada que el caso alemán. El diseño español prevé que puedan participar generación, almacenamiento y demanda. Es decir, no se presenta como un mecanismo reservado a centrales convencionales, sino como una herramienta para remunerar firmeza y flexibilidad.
Eso es positivo.
Pero no basta.
La verdadera batalla estará en los detalles: los ratios de firmeza, los coeficientes de de-rating, la duración exigida, las penalizaciones, la anticipación de los periodos de estrés, las reglas de agregación y el tratamiento de proyectos híbridos renovables con baterías.
Ahí se juega el partido.
Un mercado puede ser tecnológicamente neutral en el BOE y, al mismo tiempo, hostil para las baterías en Excel.
Si a un BESS se le reconoce muy poca potencia firme, si las ventanas de disponibilidad no se ajustan a su operación real, si no se permite agregar activos o si se penaliza la hibridación renovable, el resultado puede ser el mismo que en Alemania: almacenamiento formalmente invitado al mercado, pero económicamente expulsado de la mesa.
Y eso sería un error estratégico para España.
España no tiene un problema de falta de recurso renovable. Tiene un problema de integración, flexibilidad, vertidos, congestiones, precios cada vez más volátiles y necesidad de desplazar energía desde las horas solares hacia las horas de mayor valor.
Justo ahí las baterías tienen sentido.
No como accesorio.
Como infraestructura crítica.
El almacenamiento permite que la renovable deje de ser solo energía variable y empiece a comportarse como energía gestionable. Permite reducir vertidos, capturar valor en mercados volátiles, ofrecer servicios al sistema, mejorar la seguridad de suministro y acelerar la electrificación sin depender exclusivamente de nueva generación fósil.
El caso alemán es una advertencia para España: no basta con declarar que el mercado de capacidad es tecnológicamente neutral. Hay que comprobar que sus ratios de firmeza, ventanas de disponibilidad y penalizaciones no expulsen de facto a las baterías.
La cuestión no es “baterías contra gas”.
La cuestión es si vamos a construir un sistema eléctrico del siglo XXI con reglas del siglo XX.
El gas puede tener un papel de respaldo durante la transición. Pero no puede convertirse en el beneficiario automático de mecanismos diseñados supuestamente para garantizar seguridad de suministro. Si el mercado de capacidad se convierte en una autopista regulatoria para el gas y en un camino de cabras para las baterías, Europa habrá entendido mal su propio futuro energético.
El diseño de los mercados de capacidad será tan importante como las subastas renovables lo fueron en la década pasada.
Si se diseñan bien, pueden acelerar inversión, reducir costes del sistema y dar certidumbre a tecnologías limpias y flexibles.
Si se diseñan mal, pueden bloquear capital, perpetuar dependencia fósil y retrasar justo la flexibilidad que Europa necesita.
El almacenamiento no pide privilegios.
Pide que la regulación mida correctamente el valor que ya está aportando al sistema.

