La presión sobre el gas devuelve la flexibilidad al centro de la política energética europea. BESS, almacenamiento y demanda flexible pueden convertir un problema de consumo en una herramienta de seguridad energética.
Europa se prepara de nuevo para un invierno complicado.
No necesariamente porque vaya a faltar gas. La Comisión Europea insiste en que no existe actualmente un riesgo inmediato para la seguridad de suministro. Pero la situación tampoco es cómoda: los almacenamientos europeos rondan el 70%, claramente por debajo del nivel registrado hace un año, mientras Europa sigue expuesta a la competencia internacional por el GNL y a una elevada volatilidad geopolítica.
Por eso Bruselas vuelve a enviar un mensaje conocido a los Estados miembros:
reduzcan la demanda cuando el sistema esté bajo presión.
Pero en 2026 esa recomendación debería leerse de una manera diferente a la de 2022.
Porque Europa dispone ahora de una herramienta que entonces apenas empezaba a desplegar a escala: el almacenamiento eléctrico.






