15 sept 2026

Europa vuelve a recibir la factura del gas: Ormuz solo ha encendido la mecha


Petróleo por encima de 100 dólares, gas europeo cerca de 84 €/MWh, electricidad por encima de 200 €/MWh en algunos mercados e inflación al alza. Las noticias de estos días parecen una tormenta perfecta. Pero el verdadero problema no está en Ormuz. Está en una vulnerabilidad energética europea que sigue sin resolverse: depender del combustible importado justo cuando necesitamos energía firme y gestionable.

Hay días en los que basta con mirar una portada energética para entender que algo está ocurriendo.

El Brent vuelve a moverse por encima de los 100 dólares por barril y este martes llegó a situarse alrededor de 107 dólares, después del cierre temporal del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí y de las dificultades para el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz. 

Al mismo tiempo, el gas TTF europeo ha llegado a superar los 84 €/MWh, recuperando niveles que no veíamos desde comienzos de 2023. 

Y entonces ocurre lo que Europa conoce demasiado bien.

El problema salta del mercado del gas al mercado eléctrico.

Cuando falta viento, reaparece el gas

La segunda semana de septiembre ofrece un ejemplo especialmente interesante.

La generación eólica cayó un 42% en Alemania y un 19% en Francia. Al mismo tiempo, el gas y los derechos de CO₂ se encarecieron.

¿Resultado?

El precio eléctrico semanal aumentó un 44% en Alemania, un 29% en Francia, un 37% en Países Bajos y un 36% en Bélgica. Italia llegó a registrar un precio diario de 228,48 €/MWh, el mayor desde diciembre de 2022. 

Pero ocurrió algo muy diferente al otro lado de Europa.

En España la generación eólica aumentó un 42% y en Portugal un 36%.

Y mientras buena parte de Europa veía subir los precios, estos bajaron aproximadamente un 5% en España y un 4,9% en Portugal

Es difícil encontrar una demostración más clara del problema.

Las renovables funcionan.

Pero también demuestran otra cosa:

la volatilidad de su producción sigue teniendo consecuencias económicas cuando el sistema no dispone de suficiente capacidad para desplazar energía en el tiempo.


Europa no tiene únicamente un problema de generación

Durante años hemos simplificado el debate energético europeo en una pregunta:

¿Cuánta capacidad renovable necesitamos instalar?

Probablemente necesitamos cambiar la pregunta.

Europa ya está instalando enormes cantidades de solar y eólica.

La pregunta empieza a ser:

¿Qué hacemos con esa electricidad cuando se produce?

Porque producir energía barata durante determinadas horas no garantiza disponer de ella cuando el sistema realmente la necesita.

Si faltan simultáneamente viento, sol o capacidad hidráulica, las tecnologías gestionables vuelven a entrar en el mercado.

Y en muchos países europeos esa tecnología continúa siendo el gas.

Ahí aparece la paradoja.

Europa puede tener cada vez más renovables y, simultáneamente, continuar extremadamente expuesta al precio internacional del gas.


Y esa dependencia podría aumentar

Una investigación de Wood Mackenzie publicada estos días introduce otro dato incómodo.

Si Europa no desarrolla nueva producción doméstica de gas, las importaciones podrían representar hasta el 98% del suministro europeo en 2050.

El estudio calcula además una diferencia acumulada cercana a 1.000 bcm entre los escenarios de mínima y máxima producción doméstica europea. 

Se puede discutir —y debe discutirse— si desarrollar más producción europea de gas es compatible con los objetivos climáticos.

Pero el diagnóstico sobre la vulnerabilidad es difícil de ignorar.

Cuanto más dependes de combustible importado, mayor es tu exposición a decisiones y acontecimientos que ocurren fuera de tus fronteras.

Ormuz.

El mar Rojo.

Qatar.

Argelia.

Noruega.

Los mercados internacionales de GNL.

Todo acaba teniendo capacidad para modificar el precio de la energía europea.


Y entonces llega la inflación

La energía tampoco se queda dentro del sistema eléctrico.

Se transmite al resto de la economía.

Un análisis publicado esta semana estima que una subida conjunta del 10% del petróleo y el gas podría añadir hasta 0,27 puntos porcentuales a la inflación española

Y el IPC español ya alcanzó el 4,3% interanual en agosto, impulsado entre otros factores por los combustibles. 

La cadena es conocida:

geopolítica → petróleo y gas → electricidad → costes industriales → inflación → tipos de interés → crecimiento económico.

Por eso la seguridad energética no es únicamente política energética.

Es también política industrial.

Y política monetaria.


Aquí es donde el almacenamiento cambia de dimensión

Es tentador decir que las baterías solucionarían todo esto.

No sería cierto.

Un BESS no sustituye mágicamente las importaciones de gas europeas, ni puede cubrir por sí solo semanas de baja producción renovable.

Pero sí puede resolver una parte cada vez más importante del problema.

Porque cada MWh renovable que puede almacenarse cuando existe abundancia y utilizarse unas horas después reduce la necesidad de recurrir a generación marginal más cara.

Y además el almacenamiento puede aportar simultáneamente:

arbitraje energético, peak shaving, reserva, control de frecuencia, soporte de tensión, reducción de congestiones y capacidad de respuesta extremadamente rápida.

Ahí cambia completamente el business case.

La batería deja de ser únicamente:

comprar electricidad barata y venderla cara.

Y empieza a convertirse en:

infraestructura de flexibilidad para aprovechar mejor todo el sistema energético existente.


Más renovables no bastan

Europa necesita más solar.

Necesita más eólica.

Necesita redes.

Pero también necesita algo que durante años ha recibido mucha menos atención:

capacidad para gestionar cuándo consumimos y cuándo utilizamos esa energía.

Eso significa almacenamiento.

Pero también interconexiones, demanda flexible, bombeo hidráulico, generación gestionable y digitalización del sistema.

No se trata de enfrentar unas tecnologías contra otras.

Se trata de construir un sistema capaz de utilizarlas conjuntamente.

Porque el verdadero enemigo es la volatilidad

La portada energética de estos días parece hablar de seis problemas diferentes.

Petróleo.

Gas.

Ormuz.

Electricidad.

Inflación.

Dependencia energética.

En realidad todos forman parte del mismo problema.

Europa ha construido un sistema energético mucho más renovable, pero todavía no suficientemente flexible.

Y mientras siga dependiendo de combustibles importados para cubrir los momentos en los que la producción renovable no coincide con la demanda, cada crisis internacional seguirá entrando en nuestras economías a través del precio de la energía.

Ormuz pasará.

Esta crisis también.

Pero vendrá otra.

La verdadera pregunta no es si podemos evitar la próxima crisis geopolítica.

Es algo mucho más práctico:

¿podemos construir un sistema energético que note cada vez menos sus consecuencias?

Ahí es donde almacenamiento y flexibilidad dejan de ser complementos de la transición energética.

Empiezan a convertirse en una de sus infraestructuras fundamentales.

Más renovables nos hacen más limpios.
Más flexibilidad nos hace menos vulnerables.

Y Europa necesita urgentemente ambas cosas.