McKinsey cambia la pregunta: ya no basta con instalar más renovables. Hay que construir un sistema capaz de utilizarlas.
Durante años hemos medido el avance de la transición energética casi siempre de la misma forma:
Pero quizá estamos mirando el indicador equivocado.
McKinsey acaba de plantear una cuestión mucho más incómoda: ¿cuánto valor aporta realmente al sistema cada euro invertido?
Y la respuesta cambia radicalmente el papel del almacenamiento.
Mucha generación. No necesariamente mucho sistema.
En 2025 se invirtieron aproximadamente 3,3 billones de dólares en el sistema energético mundial.
Sin embargo, redes y almacenamiento recibieron conjuntamente unos 479.000 millones de dólares.
McKinsey identifica precisamente ahí uno de los grandes desequilibrios: la generación está creciendo rápidamente mientras que las infraestructuras necesarias para conectarla, equilibrarla y asegurarla —redes, transmisión, almacenamiento, capacidad gestionable y flexibilidad— siguen insuficientemente financiadas y desarrolladas.
Ese matiz lo cambia todo.
Podemos instalar miles de MW renovables y seguir teniendo un sistema con problemas de congestión, vertidos, precios negativos o falta de capacidad cuando realmente necesitamos la electricidad.
Potencia instalada no es lo mismo que energía disponible.
El nuevo KPI: valor para el sistema
McKinsey propone mirar el sistema energético desde cuatro dimensiones:
Ya no se trata simplemente de preguntarnos qué tecnología genera electricidad más barata.
La pregunta pasa a ser:
¿Qué combinación de activos genera más valor para el sistema por cada euro invertido?
Y aquí aparece el almacenamiento.
El BESS deja de ser un accesorio de la solar
Esta es mi lectura estratégica del informe.
Una batería no crea energía.
Pero puede hacer algo cada vez más valioso:
hacer utilizable la energía que ya tenemos.
Puede desplazar generación desde horas de exceso hacia horas de mayor demanda.
Puede absorber excedentes.
Puede reducir congestiones.
Puede aportar servicios de red.
Puede responder rápidamente ante desequilibrios.
Y puede transformar generación renovable variable en un recurso mucho más gestionable.
Por eso quizás estamos entrando en una etapa diferente de la transición:
De construir generación a construir flexibilidad.
España es probablemente uno de los mejores ejemplos
España puede convertirse en un laboratorio perfecto de este cambio.
Tenemos cada vez más generación solar.
Tenemos horas con precios cero o negativos.
Tenemos vertidos renovables.
Tenemos restricciones de red.
Y, simultáneamente, aparecen nuevas cargas eléctricas importantes.
McKinsey menciona expresamente el crecimiento de los data centers entre las fuentes de demanda que han aumentado más de lo previsto.
La paradoja empieza a ser evidente:
podemos tener excedentes de electricidad a las 14:00 y necesitar nueva infraestructura de generación y red para garantizar potencia a las 21:00.
El problema ya no es únicamente producir más energía.
Es moverla en el tiempo y en el espacio.
Y eso cambia también la economía del BESS
Si valoramos una batería únicamente mediante arbitraje —comprar barato y vender caro— estamos viendo solo una parte de su valor.
La lógica de whole-system value abre una perspectiva mucho más amplia:
BESS + renovables + red + demanda flexible + generación gestionable.
No como activos aislados.
Como sistema.
Y esto también debería afectar a cómo diseñamos regulación, mercados eléctricos y mecanismos de remuneración.
Porque si el sistema necesita flexibilidad pero el mercado solo remunera energía, estaremos intentando resolver un problema nuevo con una arquitectura económica antigua.
La transición energética entra en su segunda fase
La primera fase consistió en conseguir que la generación renovable fuese competitiva.
Ese objetivo está, en gran medida, conseguido.
La segunda será probablemente más difícil:
integrarla.
Y ahí redes, almacenamiento y flexibilidad pasan de ser complementos a convertirse en infraestructura crítica.
Quizá dentro de unos años dejemos de preguntar:
“¿Cuántos GW renovables hemos instalado?”
y empecemos a preguntar:
“¿Cuántos GW puede utilizar realmente el sistema cuando los necesita?”
Ese cambio aparentemente pequeño puede redefinir completamente dónde estará el valor de la próxima década energética.
Y las baterías estarán justo en medio.
Fuente: McKinsey & Company, Investing in the energy transition: Time to look at whole-system value, 1 September 2026.

