15 sept 2026

Las baterías también son política antiinflacionaria: la lección que España está dando a Europa


La crisis de Ormuz vuelve a recordar algo incómodo: Europa puede controlar los tipos de interés, pero no controla el precio del petróleo ni del gas que importa. La respuesta estructural no es únicamente instalar más renovables. Es conseguir que esa energía renovable esté disponible cuando el sistema realmente la necesita. Ahí entra el almacenamiento.

Cada gran crisis energética europea termina pareciéndose a la anterior. Sube el petróleo o el gas, aumenta el coste de producir electricidad, transportar mercancías y fabricar bienes, y ese incremento acaba propagándose por toda la economía.

El nuevo informe de la New Economics Foundation (NEF), Stabilising the Shock Market, intenta cuantificar precisamente ese mecanismo. Su modelización concluye que un shock del 50% en los precios de los combustibles fósiles y la energía podría añadir entre 0,8 y 1,8 puntos porcentuales a la inflación en los países europeos estudiados.

No es una previsión. NEF lo deja claro: utiliza un modelo de precios de Leontief y trabaja con hipótesis ilustrativas, entre ellas un 20% de transmisión del shock al consumidor durante el primer año.

Pero el mecanismo económico que muestra resulta difícil de ignorar.

El problema no termina en la factura energética

Cuando aumenta el precio de la energía, el efecto no se limita a la gasolina o a la electricidad doméstica.

La energía es un input de prácticamente toda la economía. Entra en la fabricación, la agricultura, el almacenamiento, el transporte, la distribución y finalmente en el precio de los productos que compra el consumidor.

NEF muestra cómo ese shock atraviesa las cadenas productivas. Electricidad y transporte reciben el impacto más directo, pero también acaba llegando a los alimentos y otros servicios.

Por eso la dependencia energética es también una vulnerabilidad macroeconómica.

Y aquí España proporciona uno de los ejemplos más interesantes del informe.

España ya ha empezado a romper el vínculo entre gas y electricidad

En el primer semestre de 2019, los combustibles fósiles fijaban el precio de la electricidad española aproximadamente el 75% del tiempo.

En el mismo periodo de 2025 esa cifra había caído al 19%.

Mientras tanto, España había duplicado su capacidad eólica y solar y sus precios mayoristas eléctricos se situaban un 32% por debajo de la media europea.

El dato del Banco de España que recoge el informe es todavía más revelador: sin el crecimiento de la eólica y la solar desde 2019, el precio mayorista de electricidad de 2024 habría sido aproximadamente un 40% superior.

Es decir, las renovables no solo reducen emisiones.

También funcionan como una especie de seguro frente a la volatilidad del gas.

La literatura que recoge NEF apunta en la misma dirección: un aumento de un punto porcentual en la participación renovable se ha asociado con una reducción media del 0,6% en el precio mayorista eléctrico, y una mayor penetración renovable reduce además la transmisión del precio del gas al de la electricidad.

Pero aparece entonces el siguiente problema.

Mucha energía barata no significa necesariamente energía disponible cuando hace falta

Solar y eólica tienen costes marginales muy bajos, pero producen cuando existe sol o viento, no necesariamente cuando el sistema demanda más electricidad.

Eso introduce volatilidad horaria.

El propio informe reconoce que una mayor penetración renovable puede aumentar las oscilaciones intradía de precios incluso mientras reduce el precio medio. También señala que el almacenamiento de larga duración sigue enfrentándose a barreras económicas, regulatorias y técnicas.

Y aquí empieza la segunda fase de la transición energética.

No basta con producir electricidad renovable.

Hay que hacerla gestionable.

Aquí aparecen las baterías

NEF lo dice de forma explícita: Europa necesita aumentar su capacidad de almacenamiento.

El informe estima una necesidad cercana a 200 GW de almacenamiento en 2030, frente a unos 55 GW actuales, incluyendo bombeo, baterías y almacenamiento térmico. Su función es proporcionar la flexibilidad necesaria para equilibrar generación y demanda en tiempo real.

Esto cambia bastante la conversación sobre BESS.

Una batería no debería valorarse únicamente por cuánto gana comprando electricidad barata y vendiéndola cara.

También puede permitir que electricidad renovable producida durante horas de abundancia se utilice posteriormente cuando, de otro modo, sería necesario recurrir a generación fósil más cara.

Y eso tiene consecuencias que van más allá del mercado eléctrico.

Menos horas marginales de gas significan potencialmente menor transmisión de los shocks internacionales del gas hacia el precio eléctrico europeo.

Y menor transmisión significa una economía menos expuesta a inflación importada.

Esta última cadena es una interpretación económica a partir del informe, no una cuantificación directa realizada por NEF sobre el impacto concreto de los BESS en el IPC.

Pero encaja perfectamente con la arquitectura que los propios autores proponen.

Almacenamiento, redes y flexibilidad dejan de ser accesorios

El informe coloca en el mismo paquete de estabilidad energética:

más renovables + gestión de demanda + almacenamiento + redes + interconexiones + digitalización + eficiencia.

Y su conclusión es clara: estas herramientas reducen la frecuencia y la gravedad de los shocks fósiles que terminan alimentando la inflación europea.

Esto permite mirar las baterías desde una perspectiva bastante diferente.

Un BESS no es únicamente un activo energético.

Puede convertirse en infraestructura macroeconómica de resiliencia.

Y España podría volver a adelantarse

España ya dispone de uno de los recursos solares más competitivos de Europa.

El siguiente reto no es únicamente instalar más paneles.

Es evitar que una parte creciente de esa electricidad termine coincidiendo en las mismas horas, hundiendo precios, provocando vertidos o perdiendo valor económico, mientras unas horas después el sistema vuelve a necesitar tecnologías fósiles.

Ahí está probablemente uno de los mayores retos —y oportunidades— de la próxima década:

convertir energía renovable barata en energía renovable gestionable.

Solar y eólica están empezando a desacoplar el precio eléctrico español del gas.

Las baterías pueden ayudar a extender ese desacoplamiento durante muchas más horas del día.

Y después de Ucrania, Ormuz y sucesivas crisis energéticas, quizá haya que dejar de considerar el almacenamiento únicamente como una tecnología para integrar renovables.

Puede que también tengamos que empezar a considerarlo como algo bastante más importante:

una póliza de seguro contra la próxima crisis energética.