La factura energética europea vuelve a dispararse. Ursula von der Leyen reconoce un sobrecoste de 100.000 millones de euros en combustibles fósiles importados desde febrero. El problema no es solamente cuánto cuesta la energía, sino quién controla su precio y por qué Europa continúa pagando por una dependencia que compromete su competitividad.
100.000 millones de euros. Ni una molécula adicional.
Hay cifras que explican mejor la situación energética europea que cualquier discurso político.
El pasado 6 de octubre, ante el Parlamento Europeo, Ursula von der Leyen reconoció que, desde finales de febrero, el encarecimiento de los combustibles fósiles importados había supuesto 100.000 millones de euros adicionales para Europa, sin recibir una sola molécula más de energía.
En ese mismo periodo, según la presidenta de la Comisión Europea, el gas se había encarecido un 140% y el diésel había duplicado su precio.
Pensemos en lo que significa.
Europa ha tenido que dedicar una cantidad extraordinaria de recursos a adquirir esencialmente la misma energía. No ha ganado capacidad industrial, ni autonomía energética, ni una infraestructura adicional que la proteja de la próxima crisis.
Simplemente ha pagado más.
Y lo preocupante es que buena parte de esa factura depende de acontecimientos sobre los que Europa tiene escasa capacidad de influencia.






