La industria española necesita energía competitiva. Pero compensar su coste no es lo mismo que transformar estructuralmente su competitividad.
El Ministerio de Industria y Turismo acaba de aprobar provisionalmente 600 millones de euros en ayudas para 488 instalaciones industriales pertenecientes a 386 empresas, con el objetivo de compensar los costes indirectos del CO₂ incorporados al precio de la electricidad.
Entre los sectores beneficiarios figuran la siderurgia, el aluminio, la química, el papel, el vidrio, el refino, los fertilizantes y, por primera vez, la industria cerámica.
La medida es importante y tiene una justificación económica evidente: proteger a nuestra industria frente a competidores internacionales que no soportan las mismas exigencias climáticas.
Pero plantea una pregunta de fondo:
¿Queremos una industria que necesite compensaciones recurrentes para seguir siendo competitiva o una industria capaz de gestionar mejor su propia energía?
El problema no es únicamente cuánto cuesta la electricidad, sino cuándo y cómo se consume
Durante décadas, buena parte de la industria ha considerado la electricidad un suministro cuyo coste debía negociar con las comercializadoras.
Sin embargo, la creciente penetración de energías renovables está cambiando las reglas del juego.
La electricidad ya no tiene el mismo valor económico a todas las horas.
Podemos encontrarnos con períodos de elevada generación renovable y precios reducidos, seguidos de horas en las que la demanda, la menor disponibilidad renovable y las restricciones del sistema elevan los costes.
Para las industrias electrointensivas, esta volatilidad representa un riesgo, pero también una oportunidad.
La capacidad de adaptar el consumo y gestionar la energía puede convertirse en una ventaja competitiva.
El almacenamiento BESS puede cambiar la ecuación
Los sistemas de almacenamiento energético mediante baterías (BESS) permiten introducir una nueva variable en la gestión industrial: la flexibilidad.
Integrados con generación fotovoltaica, sistemas inteligentes de gestión energética y, cuando resulta viable, procesos productivos flexibles, pueden contribuir a:
Reducir costes eléctricos, desplazando parte del consumo de la red desde las horas más caras hacia períodos de menor precio.
Aprovechar mejor la generación renovable, almacenando excedentes para utilizarlos posteriormente.
Gestionar picos de demanda, reduciendo potencialmente determinados costes asociados a la potencia y al perfil de consumo.
Mejorar la resiliencia operativa, cuando
