7 oct 2026

Europa vuelve a preocuparse por el precio de la energía. La solución puede estar almacenándola

El gas europeo se dispara un 88,4% mientras la electricidad resiste mucho mejor. El nuevo shock energético vuelve a demostrar que renovables, redes, almacenamiento y flexibilidad no son solo herramientas de descarbonización: son infraestructura estratégica para la competitividad europea.

Europa vuelve a hablar de crisis energética.

El Eurogrupo se reúne este 8 de octubre en Luxemburgo para analizar expresamente “el impacto de los mercados energéticos sobre la economía de la zona euro” y sus consecuencias para las políticas macroeconómicas y estructurales.

Y los números explican perfectamente por qué.

Entre febrero y agosto de 2026, el precio del gas en Europa aumentó un 88,4%.

La electricidad también se encareció.

Pero mucho menos: 22,8%.

No es una diferencia menor.

Es probablemente una de las conclusiones energéticas más importantes de 2026.

Según el Power Barometer 2026 de Eurelectric, la elevada penetración de generación limpia permitió que el sistema eléctrico europeo amortiguara una parte importante del shock provocado por el encarecimiento de los combustibles fósiles.

La electricidad empieza a desacoplarse del shock fósil

Hay un dato todavía más revelador.

Durante una primera fase de la crisis, entre febrero y mayo, el precio del gas aumentó alrededor de un 41%, mientras que el precio medio de la electricidad en Europa llegó a caer un 7%.

Es decir:

el gas se disparaba mientras la electricidad bajaba.

Solar, eólica y otras tecnologías bajas en carbono consiguieron reducir temporalmente la transmisión del precio del combustible fósil hacia el mercado eléctrico.

Esto es exactamente lo que Europa lleva años intentando conseguir con la electrificación.

Pero el sistema todavía tiene un problema.

Cuando desaparece el sol, baja el viento o cae la producción hidráulica, vuelve a aparecer el gas.

Y con él, los precios altos.

Eurelectric lo ha cuantificado.

Durante mayo y junio de 2026, el precio medio europeo antes de las 09:00 y después de las 18:00 alcanzó aproximadamente 122 €/MWh, frente a unos 56 €/MWh durante las horas solares.

Además, la generación con gas aumentó un 15% fuera de esas horas solares.

Ahí está el problema.

Y también buena parte de la oportunidad.

Europa no tiene solo un problema de generación. Tiene un problema de tiempo

Europa está construyendo enormes cantidades de generación renovable.

Pero producir electricidad barata a las 14:00 no sirve completamente de protección frente al gas si necesitamos esa electricidad a las 21:00.

La cuestión empieza a ser menos:

¿cuánta energía renovable podemos producir?

y cada vez más:

¿cuánta de esa energía podemos utilizar cuando realmente la necesitamos?

Ahí entra el almacenamiento.

Un sistema BESS puede absorber electricidad durante periodos de elevada generación renovable y devolverla horas después, cuando cae la producción solar y aumenta la dependencia de generación térmica.

No crea energía.

Hace algo posiblemente igual de importante:

mueve la energía en el tiempo.

Y en un sistema eléctrico cada vez más renovable, el tiempo empieza a tener tanto valor como los propios MWh.

España es probablemente uno de los mejores ejemplos

España cuenta con una extraordinaria base solar y eólica.

En septiembre de 2026 las renovables produjeron el 50,9% de la electricidad nacional y la fotovoltaica volvió a ser la primera tecnología del sistema, aportando el 26,3% de toda la generación.

Pero apenas unos días después hemos visto exactamente la otra cara del sistema.

El martes 6 de octubre el mercado mayorista español alcanzó una media de 201,99 €/MWh, su máximo anual, con un pico de 281,31 €/MWh alrededor de las 21:00.

El precio mínimo del día, por el contrario, se produjo durante las horas solares.

No parece difícil identificar el patrón.

Tenemos abundante energía solar durante determinadas horas.

Y energía extraordinariamente cara cuando esa producción desaparece.

Entre ambos momentos falta flexibilidad.

BESS convierte un problema energético en un problema gestionable

Las baterías permiten atacar precisamente esa diferencia.

Cargar cuando existe abundancia.

Descargar cuando existe escasez.

Reducir picos.

Suavizar rampas.

Participar en servicios de ajuste.

Ayudar a gestionar congestiones.

Y aprovechar electricidad renovable que de otra forma podría quedar infrautilizada.

Red Eléctrica define precisamente el almacenamiento como un elemento imprescindible para dotar al sistema de mayor flexibilidad y seguridad y para maximizar la integración renovable.

Y ya está ocurriendo.

Solo durante septiembre, 739 GWh fueron integrados mediante almacenamiento en baterías y bombeo hidráulico en el sistema español.

Pero todavía estamos lejos de disponer de toda la flexibilidad que necesitará un sistema dominado por renovables.

Y las baterías no pueden hacerlo todo

Conviene introducir una precisión importante.

BESS no elimina por sí solo la dependencia europea del gas.

Las baterías de corta duración son extraordinariamente eficientes para resolver desplazamientos intradiarios, peak shaving, regulación de frecuencia, congestiones y muchos servicios de red.

Pero varios días consecutivos con poca producción renovable requieren otras soluciones.

Interconexiones.

Bombeo.

Gestión flexible de la demanda.

Generación firme.

Y almacenamiento de larga duración.

La propia Eurelectric advierte de que el siguiente reto europeo será precisamente complementar las baterías de corta duración con tecnologías capaces de almacenar energía durante periodos más prolongados.

No se trata, por tanto, de elegir una tecnología.

Se trata de construir un sistema flexible.

Europa tiene dos formas de pagar la próxima crisis energética

Aquí aparece probablemente la cuestión política más interesante.

La inflación de la eurozona alcanzó provisionalmente el 3,8% en septiembre, frente al 3,2% de agosto.

El componente energético aumentó nada menos que un 18,8% interanual.

Ante esta situación, los gobiernos vuelven a discutir ayudas, flexibilidad presupuestaria e incluso posibles gravámenes extraordinarios sobre el sector energético.

Pero Europa puede abordar los shocks energéticos de dos maneras.

Puede gastar miles de millones cada vez que suba el gas intentando compensar sus consecuencias.

O puede invertir una parte creciente de esos recursos en reducir estructuralmente su exposición al problema.

Renovables + redes + almacenamiento + flexibilidad.

No eliminarán completamente los shocks internacionales.

Pero pueden evitar que cada crisis geopolítica se convierta automáticamente en una crisis eléctrica, industrial e inflacionaria.

Y eso cambia completamente la conversación sobre almacenamiento.

Las baterías ya no son únicamente una tecnología asociada a la transición energética.

Son infraestructura de seguridad energética.

Son infraestructura de competitividad industrial.

Y, cada vez más, son una herramienta para proteger a la economía europea frente a aquello que Europa no puede controlar: el precio internacional de los combustibles fósiles.

Quizá el debate energético europeo esté empezando, por fin, a cambiar.

Durante años preguntamos cuánto costaría desplegar almacenamiento.

La pregunta correcta podría empezar a ser otra:

¿Cuánto nos cuesta no tenerlo?